DAVID JIMÉNEZ, “EL TITO” : “LA SERIE C.S.I HA HECHO MUCHO DAÑO AL GÉNERO NEGROCRIMINAL”

david jimenez

 

Tengo que decir que si algo me gusta de David Jiménez, “El Tito”, es su sinceridad. No ha evitado ninguna pregunta, ni respondido con ambigüedades en el afán, como se suele decir, de “quedar a bien con todos y a mal con nadie”.Posee  ideas claras y no oculta sus preferencias literarias. Es un apasionado del negrocriminal y  reconoce sin empacho que algunos  nombres de la alta literatura española y universal no siempre le han interesado demasiado. O sea, que no dice cosas para aparentarse culto. Eso sí, le gusta escribir y  es lo que le hace feliz. Biólogo de formación y Policía de Aduanas, “Tito” surgió  en el panorama del mundillo “Noir” con una primera novela, “ Muertes de sobremesa” (.ACEN,2015.), siendo su “puesta de largo”  con un presentador de lujo, Toni Hill. El año pasado nos brindó   su segunda novela ” Inspector Solo” (Versátil, 2017), también protagonizada por su personaje estrella, el Inspector Marcial Lisón, un hombre árido y algo arisco, pero en realidad lleno de miedos y dudas al igual que el común de los mortales.  Considerado como una de las jóvenes promesas del género negrocriminal y cada vez más presente en los diversos festivales de novela negra, David Jiménez se considera un hombre con temperamento, pero al que  también le gusta hacer camino con serenidad y aprendiendo de sus tropiezos. A lo largo de esta entrevista conversamos sobre el Inspector Lisón y los personajes de una trilogía cuya última entrega aparecerá muy próximamente.

Dime una cosa, David, por qué  “El Tito”, ¿qué inspiró ese apodo que te has dado?

Lo cierto es que es una historia un poco aburrida y absurda, pero, gracias a ella, en Cartagena la gente comenzó a llamarme así y yo decidí darle perpetuidad   anexionándolo a mi nombre de autor. Fue a finales del pasado siglo. Yo estudiaba Biología en la universidad de Murcia y los fines de semana trabajaba, para desahogar un poco a mis padres, en un bar llamado La Dehesa de Santa María. La plantilla siguió renovándose hasta que llegó un momento en el que yo, oficialmente, era «El Tito» de todos sus miembros.

“Creo que una de mis virtudes  es que nunca he tenido autores de cabecera, lo cual me ha permitido conocer diferentes estilos y voces sin condicionar en exceso la mía”

En lugar de hacerte la tópica y chorra pregunta de “¿Cuándo empezaste a escribir?”, prefiero preguntarte sobre cómo y por qué empezaste a amar la literatura. 

Es muy sencillo: crecí viendo a mi madre con un libro entre las manos. Pronto despertó mi curiosidad y «Los tres investigadores» de Alfred Hitchcock hicieron el resto.

O sea que empezaste por la literatura juvenil, acorde con la gente de tu edad, no hiciste como otros adolescentes, que enseguida se aventuraron con Tolstoï, Flaubert o Galdós…

Exacto. Lo cierto es que muchos de esos autores, los catalogados como clásicos, no me interesaban ni lo más mínimo a esa edad. En realidad, algunos de ellos siguen sin interesarme lo más mínimo.

Doy por sentado que tu gran pasión es el negrocriminal, pero más allá del “Noir” ¿quiénes han sido tus autores de cabecera?

Creo que una de mis virtudes es que nunca he tenido autores de cabecera, lo cual me ha permitido conocer diferentes estilos y voces sin condicionar en exceso la mía. Sin duda, del autor que más he leído ha sido de Lorenzo Silva, pero gran culpa la tienen Bevilacqua y Chamorro.

Y qué me dices de los “Noir” clásicos, tanto españoles como extranjeros, alguien que te marcase…

A Jim Thompson lo descubrí tarde, pero me fascinó, en especial 1280 almas. Mankell y Chandler despertaron mi interés en cuanto me adentré en el negrocriminal, aunque los leí hace muchísimo tiempo. A nivel nacional fueron Vázquez Montalbán y Juan Madrid los primeros me que cautivaron.

Hay autores que reconocen no leer nada y sin embargo, todos sabemos que es a través de la lectura que se forja el oficio de escribir  y eso más allá de los editing y los cursos de escritura creativa, que solo te enseñan las técnicas. Es precisamente sobre lo que aprendiste de tus lecturas sobre lo que quería saber…

Yo siempre he sido un lector. Ni siquiera hoy tengo claro si soy algo más que eso. Como te decía anteriormente siempre he tenido libros entre las manos, pero en lugar de seguir fielmente a un escritor me he dejado guiar por las historias que me seducían, que, como podrás imaginar, casi todas eran de temática negrocriminal. Cuando era más joven me llamaban mucho más las de misterio, incluso las típicas de aventuras, pero con el paso de los años mi gusto se ha ido inclinando hacia lo negro.

Siempre tenemos buenas y malas referencias en nuestras lecturas, en tu caso ¿cuáles fueron?

No creo que haya malas referencias en mis lecturas, sino libros que no me cautivaron y me sirvieron para saber escoger mejor. El principal ejemplo de este caso fue «El ocho», de Katherine Neville, una novela que fue muy elogiada y que yo ni siquiera pude terminar. En cuanto a las otras, a las buenas referencias, de esas las hay a cientos, pero en mi caso hay una que marcó un antes y un después como lector (imagino que también como escritor, pero puede resultar algo presuntuoso asegurarlo): «Los renglones torcidos de Dios», de Torcuato Luca de Tena. Una obra maestra que jamás me canso de recomendar.

“Cuando era más joven me llamaban las novelas de misterio y aventuras, pero con el paso de los años mi gusto se ha ido inclinando hacia el negro criminal” 

Pasemos de tu faceta de lector a la de escritor. En tu primera novela, “Muertes de sobremesa”, juegas mucho con la estética de la mutilación, lo sangriento y estrambótico. ¿Es lo que de verdad el público quiere leer, es lo que engancha? 

Supongo que hay un público para todo. En mi caso, no pensé en eso a la hora de recrear los crímenes, simplemente conté la historia que quería contar y de la manera que me parecía más adecuada. En mi descargo diré que una vez superado el prólogo no vuelve a haber ninguna escena macabra. En «Inspector Solo», en cambio, abogo por un cambio radical en este aspecto. Supongo que es cuestión de darle a la trama los detalles que necesita y en la primera novela el modus operandi era parte trascendental para no romper el pacto ficcional con el lector.

” Los lectores  de “Noir” estamos  saturados de forenses con creíbles dones para descubrir a los asesinos”  

 

Y de hecho, veo que el “asesino del café” planea en la mente de los propios protagonistas de “Inspector Solo”. Para aquellos amigos que no han leído “Muertes de sobremesa”, qué es lo que caracteriza a este personaje.

A mi entender, uno de los puntos fuertes de ambas novelas es el marcado carácter del protagonista, Marcial Lisón. Un hombre con ciertos problemas de sociabilización que suple con la compañía de su galga. Un tipo que siempre dice lo que piensa sin importar si es, o no, políticamente correcto; alguien incapaz de mantener una relación con una mujer si no interpone una barrera pecuniaria que le garantice que la cosa no pasará a mayores. En definitiva: un individuo al que cuesta que caiga bien, pero con el que el lector, a base de conocer sus motivaciones, termina empatizando.

“Creo que es más llamativo comprobar que el vecino del tercero con el que llevas cruzando unos “Buenos días”  durante décadas ha sido capaz de matar a su madre y descuartizarla.”

 

Me da la impresión de que algunos autores les dais mucha importancia a la parte “ritual” de la maldad, que si hígados y ojos arrancados, que si decapitaciones, que si tiros. A mí,  en cambio, me interesa esa maldad que está en el fondo del alma, la que no se ve. Hay gente con cara de no haber matado a una mosca y lo suficientemente cobarde para coger un arma, pero que en cambio puede llegar a ser   muy perversa…

Es un poco lo que hablaba anteriormente. Yo, como autor, he tratado las dos vertientes a las que haces referencia y, siendo sincero, también me parece mucho más interesante (y enriquecedor) esta segunda opción. Creo que es más llamativo comprobar que el vecino del tercero con el que llevas cruzando unos «Buenos días» durante décadas ha sido capaz de matar a su madre y descuartizarla mientras sigue cobrando su pensión. Eso no quiere decir que los crímenes con rituales paridos de mentes enfermas no tengan también su encanto para el lector y, por supuesto, para el escritor.

A mí, en cambio, me ha gustado la forma simple en la que ilustras el crimen en “Inspector Solo”, pero sin embargo me pregunta por qué eliges que la víctima, Sasha, sea una prostituta.

Que la víctima sea prostituta es una simple casualidad. Escogí a Sasha porque era una de las pocas personas por las que Marcial sería capaz de hacer cualquier cosa. No hay que olvidar la dificultad que tiene para relacionarse (más bien las pocas ganas que tiene) y lo sencillo que le resulta cuando hay dinero de por medio.

Pero ¿por qué una prostituta de origen eslavo? Sí que es cierto que los países del Este juegan un papel importante respecto al crimen organizado relacionado con la trata de blancas, pero no estamos quizás cayendo en el estereotipo, también  hay muchas de América Latina, África e incluso españolas…

Bueno, en realidad hay una historia muy curiosa detrás de Sasha. Cuando era adolescente y me juntaba con mis amigos solíamos bromear con ese nombre; siempre nos referíamos a todas las prostitutas como si se llamasen así. Digamos que lo convertimos en un eufemismo, así que cuando me tocó elegir el nombre del personaje no lo dudé. Luego, para ser coherente con su origen, preferí que fuese del este de Europa.

  ¿Tienes alguna postura fijada sobre el tema de la prostitución, sobre todo en ese debate entre los partidarios de la abolición y los de la regulación?

Pienso que la única manera efectiva de luchar contra la trata de blancas es prohibir la prostitución; al igual que creo que debería haber sanciones durísimas para los consumidores.

Tú eres policía de aduanas, sin embargo, tanto en “Muertes de sobremesa” como en “Inspector Solo” se percibe un universo muy alejado al tuyo, por ejemplo, veo que no se te ha dado por construir una trama sobre contrabando o tráfico ilegal, que es lo que sin duda conoces mejor. ¿ No querías caer en lo autoficcional?

En mi cabeza siempre ha estado escribir sobre Vigilancia Aduanera y el narcotráfico marítimo, pero quería hacerlo bien, así que preferí coger algo más de experiencia en esto de juntar letras antes de embarcarme en ese proyecto (en el que ya me hallo, por cierto). Tampoco hay que olvidar que es mucho más fácil escribir sobre lo que uno más lee, y en mi caso lo negrocriminal copa mis lecturas. Ahora, cuatro novelas después (dos publicadas, otra que verá la luz en los próximos meses y la siguiente en el 2019) me encuentro preparado para escribir sobre mi trabajo. A ver qué sale.

“Marcial Lisón y yo tenemos en común el mal temperamento, pero yo tardo más que él en perder los nervios”

 

Todos sabemos que en nuestros personajes siempre hay algo de nosotros, al margen de que éstos terminen autonomizándose y sobre los que perdemos el control. Pero ¿qué hay de ti, ya no solo en Marcial, sino también en Zoe e incluso en el Inspector Miralles?

Comparto totalmente tu opinión. Es difícil que cada personaje principal no tenga un poquito de su autor, aunque al final, el propio desarrollo del mismo termine por dejarlo en un segundo o tercer plano. En el caso de Marcial es su mal temperamento, aunque, a diferencia de él, yo tardo mucho en perder los papeles. En cuanto a Zoe, diría que sería su capacidad analítica. Respecto a Miralles, lo que tiene de mí está mucho más oculto; tanto que hasta que no leas el tercer libro no te lo podré decir.

Algunos dicen que estás entre los autores que hacen más hincapié en la trama que en los personajes. ¿Qué hay de cierto en ello?

No estoy de acuerdo. De hecho, recuerdo que Toni Hill me dijo, el día que presenté «Muertes de sobremesa» en Barcelona, que lo mejor de mi novela era que daba igual si la  trama languidecía en algún momento porque el personaje principal era tan potente que hacía la lectura interesante de por sí. Mi propósitos es que ambas cosas vayan de la mano, aunque lo cierto es que el los clubes de lectura la gente me pregunta mucho más por la personalidad de Marcial que por las tramas, así que lo mejor es que se lean mis novelas y decidan, ¿no te parece?

” Mi propósito es que los personajes y las tramas tengan la misma fuerza, pero el caso es que mis lectores se interesan mucho más por los primeros” 

 

También constato de que eres “moderadamente” procedimentalista, que no agobias al lector con detalles sobre ciencia criminológica o forense y que en cambio trabajas mucho más la psicología de los personajes y la trama… 

Creo que CSI ha hecho mucho daño. Estamos saturados de forenses con increíbles dotes para reconstruir asesinatos y de pruebas milagrosas que nos llevan hasta el DNI del asesino. En mi opinión, al lector le gusta más conocer las inquietudes de los personajes que los métodos o procedimientos policiales, por ese hago más hincapié en esta vertiente.

 Lo que compruebo es que en Inspector Solo afinas en tu personaje central. Pero ¿de dónde sale Marcial, es tu alter-ego o bebe de algún héroe policial y detectivesco que te haya particularmente marcado?

En realidad nace de la necesidad de crear un personaje que case bien con el papel protagonista que quería otorgarle a Sola, su galga. Mi idea era que el perro no pasase sin pena ni gloria por la novela, sino que cobrase una gran importancia en el desarrollo de la misma. Es por eso, por lo que necesitaba distanciar a Marcial del ser humano, hacerlo asocial, impertinente, políticamente incorrecto; todo ello pone en perspectiva el trato maravilloso que dispensa a Sola, nos permite entender que es un hombre capaz de expresar lo mismo que cualquier otro, pero que para ello necesita una reciprocidad que tan solo ha encontrado en los animales.

¿ Entonces es cierto eso de que las mascotas tienen un efecto terapéutico en nuestro estado anímico?

Yo estoy convencido al cien por cien. Al igual que siempre me gusta recordar que no hay que perder la perspectiva y saber que son animales. No logro entender cómo hay gente que habla con ellos como si fueran humanos; y no me refiero a hacerles algún comentario cariñoso, sino a verdaderas conversaciones como si esperasen una respuesta de su mascota. Yo soy un amante de los animales (tengo varios) y disfruto de su compañía, de su lealtad, pero no les doto de más aptitudes de las que poseen, que no son pocas.

Antes me comentabas que eres un seguidor casi incondicional de Silva, qué hay en Marcial de “Bevilacqua” y de “Chamorro” en Zoe.

Creo que nada. Ninguno de los cuatro se parece. Ni siquiera la relación entre ellos es similar. Creo que los personajes de Lorenzo Silva tienen una relación cercana, nacida del respeto y la admiración mutua. En el caso de Marcial y Zoe la relación es sobrevenida y para ambos el camino recorrido hasta alcanzar un punto de encuentro (que jamás tiene el respeto mutuo como epicentro) ha sido tortuoso y ha dejado heridas que difícilmente cicatrizarán. Por decirlo de alguna manera, Vila Y Chamorro son más de carne y hueso que Marcial Y Zoe.

“El Inspector Marcial Lisón es un tipo que no suele caer bien a los lectores, pero lejos de pensar que eso sea un problema lo considero una virtud del personaje”  

 

Veo que Zoe tiene de hecho un problema,  gestionar su atracción sexual por Miralles y su amistad por Marcial, dos policías que mantienen una relación sumamente conflictual e incluso, violenta.

Exacto. A Zoe le toca enfrentarse a una disyuntiva curiosa, tiene que elegir entre un amor visceral, uno incontrolable inexplicable; y otro más físico, uno que todo el mundo entiende. No hay otra manera de sentir atracción por Marcial que conociendo sus motivaciones y viéndolo en su estado natural: con Sola. En cambio, enamorarse de un tipo rubio, de ojos azules y buen porte no requiere casi de ningún esfuerzo.

Marcial también es un personaje pendenciero, incapaz de convivir con sus compañeros y de ahí, el mote de “Inspector Solo” que le cae en la comisaria…

Marcial es un tipo que no suele caer bien a los lectores (en general, de ambos sexos), pero lejos de pensar que eso sea un problema lo considero una virtud del personaje. La literatura está para despertar emociones, las que sea. Y si en una misma novela puedes enamorarte de la lealtad de Sola, de la humanidad de Zoe y experimentar rechazo hacia la forma de actuar de Marcial, ¿qué más le puedes pedir?

“Yo soy un amante de los animales  y disfruto de su compañía, de su lealtad, pero no les doto de más aptitudes de las que poseen, que no son pocas.”

Pues precisamente es la parte más  humana de Marcial  la que he percibido y me ha gustado en “Inspector Solo”, donde se   le ve como hombre emocionalmente herido tras descubrir sus orígenes…

Que no suela caer bien el personaje no quiere decir que no se pueda empatizar con él. Y en «Inspector Solo» creo que, como bien dices, se aprecia mucho más esa vertiente humana que no es capaz de mostrar con sus actos. En cierto modo, el hecho de tener que investigar en solitario la mayor parte de la novela ayuda a conocer un poco mejor al Marcial más humano, el que, como cualquier hijo de vecino, tiene sus miedos y sus temores.

¿Tú crees que las relaciones de parentesco y filiación son tan relevantes en la construcción de nuestra identidad? Te lo pregunto como biólogo que eres y sabiendo que los recientes avances científicos han desdibujado social y culturalmente la figura del progenitor.

No tanto desde el punto de vista biológico como desde el punto de vista sociológico. Lo que nos marca en realidad es dónde y con quién nos relacionamos en esa época de nuestra infancia en la que se genera una impronta que perdura el resto de nuestros días. La genética juega un papel importante, pero nuestro acervo genético es «moldeable», por decirlo de alguna manera. Digamos que es permeable al ambiente en el que estamos y eso hace que unos mismos genes den resultados diferentes en ambientes diferentes.

“La literatura está para despertar emociones, las que sean…”

 Marcial también es un personaje dudoso sobre la peor parte de él, hasta el punto de que no está seguro de que no haya sido autor de los peores actos respecto a la víctima. Desde ese punto de vista, me pregunto si todos somos capaces de interrogarnos sobre ese lado  más oscuro de nosotros…

Si yo despertase junto a una mujer muerta y no recordase qué hago allí, jamás pensaría que yo he sido capaz de matarla. Marcial sí, y eso lo define perfectamente. Creo que, en líneas generales, la mayor parte seríamos incapaces de sacar nuestro demonio interior fuese cual fuese las circunstancias que lo invocasen. Unos pocos, y esas son las personas peligrosas (psicópatas, sociópatas y demás) peligrosas de verdad.

 Para ti, en una novela con un crimen, qué es lo más importante, el “quién” o el “por qué”

El porqué, sin ninguna duda. El ser humano lleva toda su vida buscando porqués y la literatura no es una excepción.

” Ahora, me encuentro preparado para escribir sobre mi trabajo como Policía de Aduanas. Pero lo quiero hacer bien”

Veo que hay muchas novelas que se venden como “Noir”, cuando en realidad son “policiales” y a mí me gustaría saber en cuál de las orillas te sitúas realmente.

No soy amigo de las clasificaciones, menos aún cuando los matices para establecerlas son tan ambiguos. No obstante, diría que «Muertes de sobremesa» está más acorde a los parámetros del policial e «Inspector Solo» casa mejor con el noir.

Si me permites el comentario constructivo, en “Muertes de sobremesa” se te ve un halo de escritor novel, la novela arrastra un poco, pero en cambio en “Inspector Solo”, se te ve con más soltura, la novela fluye más. ¿Qué errores o tics crees haber superado en tu prosa y estilo narrativo?

Estoy totalmente de acuerdo. Pero no hay que olvidar  que era un escritor novel. Respondiendo a tu pregunta te diré que cuando uno descubre que lo que ha escrito ha gustado (y se ha leído) se destensa y pone sus preocupaciones literarias en otros puntos. Un escritor novel tiene la duda de si está o no transmitiendo el mensaje tal y como desearía. La experiencia te libera de esas cadenas y te deja escribir sin pensar tanto en los demás y centrarte más en lo que quieres contar que en a quién se lo vas a contar.

La pregunta del millón con  la que todo el mundo se siente incómodo en el momento de responder ¿abunda novela de género negrocriminal y escasea calidad?

Si nos centramos en la edición tradicional creo que se respetan los mínimos de calidad, aunque es cierto que hay un ligero boom que terminará como todas las burbujas: estallando y sacando bien lejos a quien nunca debió estar ahí.

“Un escritor novel tiene la duda de si está o no transmitiendo el mensaje tal y como desearía, pero la experiencia te libera de esas cadenas”

Ya sabes que muchos comentan que esto del género negro empieza a aburrir y que, más pronto o tarde, terminará cayendo. ¿Sabrás adaptarte a los nuevos tiempos o la vía en la que estás ahora es la que va a definir tu perfil como autor?

Yo escribo porque me divierte. Y cuento las historias que me apetece contar. El día que no me divierta lo dejaré, al igual que cuando mis historias no interesen, así que la adaptación no es algo que entre en mis planes.

¿ Cuántas entregas más nos queda de Marcial?

En breve (probablemente noviembre), saldrá la tercera y última (si nadie lo remedia).

Quedamos pendientes de esa cita, pues…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FRANCISCO MARÍN PÉREZ, DIRECTOR DE CONTENIDOS DE “CARTAGENA NEGRA” :”NO ME CONSIDERO UN CRÍTICO LITERARIO, SINO UN INDICADOR DE LECTURAS”

PACO

Francisco Marín Pérez

Los festivales de novela negra han proliferado sin cesar desde el nacimiento del “Gran Decano”, la “Semana Negra de Gijón” y sus dos hermanos primo-hermanos, “Pamplona Negra” y “BCNegra”. Grandes, medianas y pequeñas ediciones han conseguido así concretar una oferta cultural en el ámbito del “Noir” .  Hay que decirlo en honor a la verdad,   con desigualdad fortuna, medios al alcance, rigor y calidad intelectual y programática.

Comentarista y animador cultural, colaborador del periódico “La Opinión”,Director de Contenidos de Cartagena NegraFrancisco Marín  nos ilustra en esta entrevista sobre los orígenes  y experiencia de este festival del que es  uno de los artífices junto a Antonio Parra y que se apresta a iniciarse y desarrollará entre el 4 y 8 de septiembre.

Economista, metodólogo, profesor de matemáticas…¿Cómo es eso Francisco, albergas dos almas, la del hombre practico de los números y la del hombre de letras que se preocupa por las cosas del espíritu? 

 Fui educado en un bachillerato donde las ciencias y las letras se entrelazaban íntimamente. Confesaré que siempre me ha pesado el no haber estudiado griego. Mi interés por los números y las palabras es parejo; aunque profesionalmente me decantara por la vertiente científica. Mi espíritu es el de preguntarme e investigar para encontrar las respuestas. De hecho mi especialidad es la de formar modelos econométricos. Desde muy joven he leído, y cuando acababa una novela me preguntaba quien estaría detrás de ese escrito y me ponía en contacto con el autor y le preguntaba, establecía correspondencia con él… Y hasta el día de hoy.

Entonces te vino la vena de crítico literario, articulista, animador cultural…

 No me considero crítico literario, más bien “indicador” literario… Doy mi opinión sobre esta o aquella obra, sin más pretensiones. Lo de articulista nace de una petición, que en un momento determinado, me hizo la dirección de La Opinión, es una forma de expresar mis pensamientos en voz alta. Y, en cuanto, animador cultural, nace de la necesidad de conocer y poder dialogar directamente con los distintos autores. A la par de establecer mesas de diálogo y contrastar opiniones, el conocer el por qué y el hacer de cada uno de ellos.En definitiva… Un alma desdoblada.

                             “Cartagena  es una ciudad que ha gozado y goza de buena salud cultural” 

 

Mientras Madrid y Barcelona se relacionan con el vanguardismo literario, artístico y los grandes eventos culturales,  la España del sur casi siempre se vincula con las tradiciones populares, las fiestas religiosas, el folklore, lo lúdico, ¿ qué parte de mito de realidad y de mito que impera en ese imaginario?

Pienso que en la cuestión cultural, literaria y artística, Cartagena ha estado más próxima a Madrid y Barcelona que otras ciudades del sur. La inquietud por la cultura ha sido siempre muy grande, por ejemplo: Carmen Conde (primera mujer académica de la RAE) junto a su marido Antonio Oliver fundan la “Universidad Popular de Cartagena”. La idea fundamental era divulgar la cultura principalmente entre la clase trabajadora. Visitante asiduo fue Miguel Hernández. Vital importancia tienen las misiones pedagógicas. No perdamos de vista que en Cartagena se constituyeron las primeras Escuelas Graduadas.La inquietud por la cultura, lo cultural y la literatura ha estado siempre presente en la piel del cartagenero. Numerosas tertulias han existido y existen donde se habla de lo divino, lo humano y sobre todo, literatura. Eventos literarios que podamos gozar a lo largo del año, entre otros, que recuerde de memoria, están: Abril Libros, La Mar de Letras, Deslinde, ELACT, Cartagena Negra… Y muchas otras acciones : presentaciones. “De cañas con…“, clubes de lectura, todo el trabajo que se desarrolla en “El Luzzy”… En fin, es un no parar durante todo el año, con dificultades a veces para asistir a uno u otro evento. Hemos gozado y gozamos de buena salud cultural…

Si te parece, me gustaría que hablásemos ahora más concretamente sobre Cartagena Negra. Por lo que tengo entendido, su embrión está en el ELACT ( Encuentro literario de autores de Cartagena). ¿ Qué ocurrió, aquello os sabía a poco, cómo os vino la idea de un festival?

 El germen estaba en la idea de formar una mesa de novela negra, con el fin de tantear el tema y sondear entre los asistentes si había interés, para el ELACT del año 2015 o 2016. En una conversación con el Director de Contenidos de Valencia Negra, Santiago Álvarez, el último fin de semana del mes de febrero de 2015, le planteé la idea. Me contestó diciendo que si realmente estábamos interesados en lanzarnos al ‘pozo negro’ lo mejor era hacerlo ya. Miramos las fechas que otros eventos del estilo ocupaban a lo largo del año. Vimos que septiembre en ese momento estaba libre y establecimos como fecha la primera/segunda semana del mes, entre el “final del verano” y la fiesta de Cartaginenses y Romanos… Y así nos pusimos en marcha, celebrando la primera edición el mes de septiembre de 2015. Fueron dos días para tantear el ambiente y que nos aconsejaran desde fuera -invitamos a los máximos responsables de otros eventos negros- y el resultado fue muy positivo. Hemos ida pasito a pasito y nos hemos plantado en la IV Edición (del 4 al 8 de septiembre), con grandes y renovadas ideas para la V Edición (del 3 al 7 de septiembre de 2019).¡Crucemos los dedos!

” El grueso del presupuesto de Cartagena Negra lo aportan, en definitiva, los propios ciudadanos.” 

 

Por lo que sé, tuvisteis enseguida el apoyo del concejal de cultura del ayuntamiento. ¿ Pero cómo se convence a las corporaciones municipales, más todavía en estos tiempos de crisis, en los que cultura y educación han sido los parientes pobres de las partidas presupuestarias? 

Coincidió con el final de una legislatura y el inicio de otra. La concejal saliente, quizás porque se marchaba, no entendía muy bien la idea, pero cuando llegó David Martínez Noguera, lo hizo perfectamente  y la única condición era que el Ayuntamiento apareciese como organizador del evento. Así lo hicimos y así aparece ya que el grueso del presupuesto de Cartagena Negra lo aporta, en definitiva, el pueblo…

Sin pretensión de ningunear a nadie, puesto que sé que habéis tenido varios colaboradores, lo que está claro es que Parra y tú mismo sois  los verdaderos pilares y “Têtes pensantes” de Cartagena Negra desde sus inicios. ¿ Cuáles han sido vuestros respectivos papeles y ámbitos de decisión?

 Antonio Parra y yo nos entendemos perfectamente. No hubo que asignar ninguna parcela. Al estar él más versado que yo en las cuestiones literarias, es el Coordinador Literario, yo soy el “Director de Contenidos”,o sea, negocio con quien corresponda, coordino viajes y estancias de los autores y estoy pendiente de las necesidades de todos y cada uno de los componentes del equipo. Equipo genial: Manuel Acosta, responsable de las redes sociales -parte vital-. Salvador Martínez, diseñador gráfico, responsable de todos los carteles y de la marca. Ana Ballabriga, es el alma del concurso de los cortos cinematográficos. Y los demás…Baltasar Ramos, Aniceto Valverde, Susana Figuerola, Belén Carrascosa y Celia Locoubiche -factor irreemplazable junto con Esteban González al frente de Mister Witt Café– responsables, en cada momento de los que se necesite… En fin, un gran equipo…Sin ellos, imposible llevar todo esto a cabo. Y todo con el apoyo incondicional del concejal David Martínez.

¿ Qué criterios os guía, sobre todo cuando se trata de decidir qué autores, en qué y cómo van a participar dentro del festival?

 La selección no sigue un criterio único…De lo que vamos leyendo y reseñando, alguno deja más huella que otro y también seguimos las opiniones de la gente del equipo. Repito, no hay un patrón a seguir.

Al leer el programa de Cartagena Negra 2018, he visto que los temas son diversos, ¿pero cuál es el tema central y el espíritu de este año?

 Hay dos temas que pueden destacar: “Tinta y sangre” (asesinos que posteriormente escriben o escritores que matan) y “Depredadores sexuales” (fundamentalmente, asesinos de niños y, obviamente, niñas).

Los invitados de este año son diversos, con distinto perfil, trayectoria y desigual notoriedad….

 El “campo negro” es muy amplio, con muchos vértices y aristas…Intentamos dar la mayor visión posible.

¿ Y qué me dices de la hibridad con otros géneros, el histórico, por ejemplo? Lo estamos viendo con autores como Víctor del Árbol, Juan Ramón Biedma, Alex Ravelo, Jordi Llobregat, Felix Modroño. Gente que ha sabido conectar el Noir con otras tradiciones narrativas. Eso elevaría la altura de mira, en lugar de tanto procedimentalismo, investigaciones forenses y psicópatas…

 Son escritores que no podemos considerarlos exclusivamente “negros”… su abanico es amplio, pero siempre que se acercan al noir aciertan de pleno…Todos, excepto Ravelo, han pasado por CTNEGRA con gran acierto de público y crítica.

¿Los autores más noveles y anónimos encuentran una oportunidad de proyección gracias a los festivales? 

 No sé si otros festivales se preocupan por los noveles y más desconocidos.Nosotros intentamos llegar a todos y promocionarlos, en alguna forma, por eso esta edición dedicamos una mesa al particular que hemos bautizado como ‘Promesas negras’…

A pesar de la mala que tiene esa práctica, ¿invitarías a autores de autoedición? Ya sé que en el festival participa gente como Benito Olmo, que viene de ese ámbito, pero me refiero a la autoedición pura y dura, a escritores  que nunca han publicado por cuenta ajena. 

 La autoedición es otra forma de llegar a donde se proponga un escritor… Si lo que ha escrito lo consideramos con suficiente categoría, no tenemos inconveniente en invitarlo. Publicar por cuenta ajena no es sinónimo de calidad…¡Hay cada trullo!

No sé si otros festivales se preocupan por los escritores noveles y más desconocidos.Nosotros intentamos llegar a todos y promocionarlos…

Pongámonos en el caso de que  un amigo escritor  te llama y te dice ” Oye, Paco, échame un capote, necesito visibilizar mi obra, invítame”.¿ Cómo le contestarías, como el amigo o como el Director de Contenidos de Cartagena Negra?

 No soy único. Somos un equipo que contamos con un “Coordinador Literario”, Antonio Parra, que en definitiva es quien daría o no el plácet…Yo en ciertos temas, y más si hay amistad por medio, procuro mantenerme al margen. Que conste que algún favor que otro me han pedido y al negarme…La amistad ha muerto.

La pregunta obligada acerca de lo que todos piensan  por lo bajo y nadie se atreve a decir en alto, ¿ hay camarillismos, clanismos, tribalismos en los festivales?

 En “Cartagena Negra”, ¡¡Rotundamente no!!

 Dicen que hay demasiados festivales de género negro…

 Otra vez, ¡¡Rotundamente no!!

 ¿ Suscribirías lo que se planteó recientemente en la Semana Negra de Gijón, donde se dijo que había un exceso de autores de novela negra y en cambio, un déficit de calidad?

 El tiempo y las personas nos colocarán a cada uno donde corresponda. Si hay muchos autores y poca calidad, el tiempo y los lectores colocarán a cada uno donde deba estar.

“La autoedición es otra forma de llegar a donde se proponga el escritor” 

 Volviendo a Cartagena Negra de este año, ¿ qué expectativas habéis depositado en el festival?

 Nuestras expectativas es que los autores se encuentren a gusto, trabajen cómodamente en sus mesas correspondientes y que el público disfrute con ellos y vean que son personas normales que escriben…Normalmente muy bien.

“Si hay muchos autores y poca calidad, el tiempo y los lectores colocarán a cada uno donde deba estar.”

 

Antes me comentabas que ya tenéis en mente la estructura de Cartagena Negra 2019.¿ Siempre trabajáis a medio plazo, no os gusta la improvisación?

 Una parte importante está en mente…Ahora hace falta que algunas cuestiones novedosas, quizás para todos los festivales, se materialicen. El público tendrá cumplida cuenta.

¿Vuestro objetivo es perpetuar el festival en el tiempo, incluso más allá del fenómeno de moda y cuando la euforia por el género negro haya pasado?

 Seguiremos trabajando para que CTNEGRA se asiente como ‘Festival de Referencia’ y continúe cuando nosotros vayamos dejándolo…Por cuestiones naturales, me imagino.

Pues mucha suerte, entonces…  

 

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EL MITO DEL HÉROE POLICIAL Y EL ADIÓS DEL INSPECTOR ULISES SÁNCHEZ : COMENTARIOS SOBRE “LA NOCHE ROTA” DE FIDEL VILANOVA

la noche rota

 

Pienso que lo que siempre tuvo de singular el héroe policial  en nuestra infancia, es que funcionaba como un mito . En nuestro juegos de “policías” y “ladrones”, los  personajes  que encarnábamos se revelaban de hecho una mimetización de los mismos que veíamos en las series de televisión o en las películas, que a su vez  venían inspirados por el mundo literario o el cómic. Claro está, nuestros juegos se dividían entre inconfundibles  héroes y villanos, al igual que en las series en las que encontrábamos  referencias  y  que dicotomizaban sin matices el bien y el  mal. Al final, se imponía una infantil justicia poética en la que los “buenos” siempre ganaban. Lo que ilustraba esa carga  moralizadora del género policíaco  que nosotros mismos interiorizábamos. Si nuestros juegos estaban precedidos de disputas sobre quién sería el  “policía”, el “protagonista” ,el “héroe” , es porque  en el tiempo que duraba el juego de roles, el elegido se convertía en el  “gran hombre“, en el símbolo de la estatura humana y de esos valores de masculinidad y virilidad en la que se nos educaba desde nuestro identidad de género. Nunca olvidaré aquellos entrañables trozos de madera convertidos en peligrosas pistolas con las que nos enfrentábamos a los delincuentes y criminales , ni esas cuerdas transformadas en poderosas esposas con las que hacíamos prisioneros a los “malos“.  Esos juegos de niños tenían algo de común con la literatura : la magia de lo ficcional, de lo fantasioso, de la mentira

Me doy cuenta de que con la llegada a la edad adulta y a través del propio hábitus de la lectura crítica, ese héroe policial inquebrantable, infalible e invencible al que venerábamos en la infancia, no era realmente humano, sino un puro producto cultural a través del  que asumíamos los obligatorios valores de “hombría” y “valentía”. Decía el crítico André Bazin, el fundador de Cahiers du Cinéma y uno de los grandes representantes de la teoría del cine, que el realismo, ( del que también fue el gran paladín ), no consistía solo en reproducir la realidad tal y como la veíamos, sino en ir a las raíces mismas de ella : el alma humana.

Particularmente,siempre he considerado que los mejores autores de novela policíaca  son sin dudas aquellos  que han sabido ilustrar el cosmos de contradicciones que constituye la personalidad del héroe policial.  Y no hay duda de que Fidel Vilanova se inserta en ese linaje. Así lo demuestra al menos la trilogía que cierra con el personaje  de Ulises Sánchez,un inspector  de carácter  duro  y torturado por el remordimiento tras el asesinato de su esposa, por  momentos agrio y en  otros, flaqueante,  seguro de si mismo y al tiempo, dudoso,pero sobre todo y ante todo, profundamente real, humano. El mismo  al que le tocará sumergirse en las cloacas de esa magnética y a la vez oscura ciudad de Marbella que envuelve  todo su periplo.   Fidel Vilanova nos brinda en efecto hoy, “La noche rota” ( Ediciones Dalya,2018) y que constituye la tercera y última entrega que sucede a  ” La última mirada”( Verbum, 2014)  y ” El caso Lovental” ( Verbum, 2015).

Sofía, una niña de diez años que vive en un barrio residencial de Marbella, escapa de una tentativa de violación tirándose por la ventana del chalet de su familia. En su intento de protegerla, su abuela muere asesinada.  Despavorida, la pequeña es encontrada en medio de la carretera por Vera, una camarera de vida gris que convive con un maltratador, Bob.  Cuando la policía le interroga, la niña identifica a su agresor : su tío Tim. Arrestado de inmediato y condenado por la justicia, es encarcelado.Sin embargo, su mujer, Julia, confía en la inocencia de su marido, convencida del carácter fantasioso de la niña. Una vez Tim en prisión, una segunda adolescente, hija de un poderoso y adinerado hombre de Marbella, es encontrada asesinada. El asunto desconcierta al Inspector Ulises Sánchez, que se resiste a la idea misma de haber cometido un error y enviado a la cárcel a un inocente. Si bien,  Julia va a persistir durante todo un año en su empeño de demostrar la inocencia de  Tim y eso con la ayuda de un periodista sin escrúpulos y con afán de notoriedad, que llevará el caso a los medios de comunicación, dejando en entre dicho la eficacia de la policía y al propio Inspector Ulises Sánchez.  Con el paso de las semanas, empieza a salir a la luz una red de prostitución de muchachas adolescentes organizada a través de la redes de Internet y de los contactos impersonales, lo que acaba de complicar el asunto y acrecentar las dudas en el espíritu del Inspector Sánchez.

En línea con esa mirada crítica sobre la realidad social marbellí  que siempre ha definido al autor,  Fidel Vilanova nos ilustra sobre los males de la sociedad y la falta de escrúpulos que  domina en  esta “Era de la información” y de las grandes tecnologías basadas en el mundo virtual. La complicidad del mundo de los negocios y de la propia clase política con el crimen organizado, la pérdida de ética de unos medios de comunicación  que juegan con el morbo y el dolor ajeno, el espíritu de rapiña de un mundo de la abogacía en búsqueda de grandes casos con el solo afán de lucro, son algunos de los temas que saca a relucir Fidel Vilanova.

El autor catalán afincado en Madrid y con un fuerte arraigo precisamente en Marbella, no opta en absoluto por el prcedimentalismo en el desarrollo de la historia y es de agradecer que le ahorre al lector plomizas disertaciones más o menos noveladas sobre ciencia crimonológica y forense. Recurso de muchas novelas policíacas de los últimos tiempos, que suelen servirse de la morbosa estética de lo sangriento y el supuesto rigor en la ambientación del contexto policial, para en verdad vender tramas vacías e insustanciales. En efecto, Fidel Vilanova incide mucho más en la psicología de los personajes y en una realidad social en la que el abuso de poder y el avasallamiento de los más débiles parecen haberse tornado virtud.

La novela tiene por momentos algunos ramalazos de “incorrección política” que puede molestar a la opinión feminista en medio del actual debate social sobre la prostitución y la violencia sexual contra las mujeres, sobre todo al desmitificar la total inocencia de las víctimas adolescentes, prematuramente participantes de los peores males de la sociedad adulta y cada vez más ajenas a las reglas sociales.  Lo que no desmerece el tratamiento que hace el autor  de las verdaderas cuestiones de la obra : la indagación en los aspectos de la condición humana. En especial,  el sentimiento de culpa. Fidel Vilanova nos recuerda también que es precisamente el mismo el que vuelve opaca nuestra mirada y nos impide ver la parte más oscura que hay en los demás.

Polifacético en sus inquietudes literarias,  Vilanova  es un  autor que se ha movido entre la “literatura de expresión” y la novela de género, adaptando su estilo narrativo a cada historia.  La floritura de la palabra que ha demostrado en su obra anterior,” La larga espera” ( Dalya, 2017), una trama ambientada en la España rural de la posguerra, contrasta con el vocabulario ligero y la soltura del ritmo narrativo utilizado en “La noche rota”. De esta manera, siempre sabe mostrarse generoso con su público y las diversas comprensiones lectoras.

Fidel Vilanova juega hasta las últimas paginas con el lector, llevándole   a pensar en una previsibilidad de final, pero acabando por desconcertarle con el desenlace  de la trama. Unos trucos de magia a los que siempre se presta cualquier buen autor de género negro.

Última entrega de su trilogía, Vilanova nos presenta el adiós del Inspector Ulises Sánchez bajo el rostro de un héroe policial  mucho más sereno,  desmitificado, consciente de sus inseguridades y vulnerabilidad. Pero sobre todo, nos describe a un hombre que ha sabido perdonarse a si mismo poco a poco, sobre todo después de reconocer sus propios miedos.

Pensando  en aquellos juegos de infancia a los que aludía al principio y en el que buscábamos nuestro propio e infalible heroísmo en base al mito del héroe policial, me doy cuenta que son esos mismos miedos del Inspector Ulises Sánchez  a los que también nos hemos vistos abocados en la edad adulta al descubrir, efectivamente, nuestra condición de seres humanos.

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FRANÇOIS TRUFFAUT Y “LA MARIÉE ÉTAIT EN NOIR” : COMENTARIOS EN EL CINCUENTA ANIVERSARIO DE UN ESTRENO.

 

 

François Truffaut

En este año de 2018 se ha cumplido el  Cincuenta Aniversario  de un hecho histórico que marcó el devenir de las sociedades occidentales : los acontecimientos del Mayo francés del 68 y la “brecha cultural” que infligieron en el proceso civilizatorio occidental.  El mundo del cine no fue ajeno  ni hermético a lo que estaba ocurriendo en esa Francia de Mayo del 68. Estrenos hubo muchos en aquel año, pero si algo marcó toca una época en las salas de proyección a las que los franceses solían acudir los jueves y los domingos, fue un film que quedará para siempre en la memoria de toda una generación de espectadores : “La mariée était  en noir” de François Truffaut, una adaptación cinematográfica de la famosa novela de William Irish publicada en 1940,The Bride Wore Black. La película fue objeto de una primera proyección en el mes de abril, unas semanas antes de que Francia conociese una de las convulsiones políticas y sociales más importantes de la edad contemporánea. Es en el también  Cincuenta Aniversario del estreno de ese film de Truffaut, que  me gustaría hacer algunos comentarios.

Representante de la llamada “Nouvelle Vague”, una corriente de nuevos directores, realizadores y críticos de cine surgidos a finales de los años 50 y curtidos en el ambiente renovador y vanguardista de Les Cahiers du Cinéma, François Truffaut es entonces y junto a Jean-Luc Godard y Claude Chabrol, uno de los “enfants térribles” del nuevo cine francés. Truffaut consigue hacerse famoso con una de las películas que más marcaron en esa época, “Les quatre cents coups” (1959), un melodrama en torno al periplo de un adolescente rebelde y que, con cierto toque autobiográfico, vino a reflejar la personalidad indómita del joven cineasta. Las figuras de la “Nouvelle Vague” consideraban  que el cine debía acercarse a la sociedad y de ahí su firme apuesta y empatización con las revueltas estudiantiles del Mayo del 68. De hecho, cambiaron de raíz las relaciones del mundo del celuloide con la política.

françois Truffaut

François Truffaut 

Hitchcookiano de pro, Truffaut sentía una auténtica admiración por Irish, cuyo relato autobiográfico tras la amputación de una de sus piernas había inspirado  una de la películas del maestro del suspense, “La ventana indiscreta” (1954). Dos años antes de los acontecimientos del 68, el cineasta francés había publicado su famoso ensayo, “El cine según Hitchcook” (1966), un libro que se basó en una serie de conversaciones del joven Truffaut con el director británico durante una instancia en Estados Unidos. Ese tándem Hitchcook-Irish en la  película protagonizada por James Stewart y Grace Kelly, motiva a Truffaut para llevar a la pantalla la exitosa  novela de  Irish.

La siempre enigmática y magnética Jeanne Moreau, musa del cine francés, cautiva al público en su papel de Julie Cohler,  un personaje en cuyo camino se cruza la desgracia el día mismo de su boda : su marido muere a raíz  del disparo efectuado accidentalmente por uno de los cuatro hombres que, desde el ático de un edificio situada enfrente de la iglesia en la que la pareja acaba de casarse, se divierten con una escopeta utilizando el campanario como diana. El novio es alcanzado por una bala y muere en el acto. Al borde de la locura, Julie se encuentra en las fronteras del suicidio tras la pérdida de su gran amor de infancia. Al final, es la supervivencia a través de la venganza la que termina imponiéndose. Calculadora y maquiavélica, la heroína de la trama  planifica paso a paso el asesinato de los cuatro hombres, aprovechando con astucia las debilidades de cada uno. Una vez caídos bajo su presa y la muerte delante de ellos, Julie  les revela su identidad y hace retornar sus memorias al día de la ceremonia. En realidad, el disparo contra su novio solo es realizado por uno de los hombres, pero Julie considera que la culpa es colectiva.

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La historia que ideó originariamente William Irish se desarrolló en la América de los años 40 y en la ciudad de Nueva-York, con el personaje central del inspector Wanger, al que le tocará perseguir a una misteriosa y escurridiza mujer que va dejando cadáveres a su paso.   François Truffaut puso en escena una ambientación y estética de corte muy francesas y para un público y una sociedad orgullosa  y reivindicativa de su tradición cinematográfica frente al hegemonismo norteamericano de la industria hollywoodiana. Pero en general se mostró rigurosamente fiel al espíritu que había guiado al  emblemático escritor de género negro norteamericano. Contó de hecho con un reparto de lujo que no consiguió sin embargo eclipsar a la magistral Jean Moreau. Los personajes masculinos contra los  que Julie culminaba venganza estuvieron encarnados por muchos de los grandes del cine francés de aquel momento : Jean-Claude Brialy (Corey), un vividor cínico y dedicado a la vida mundana; Michel Bouquet (Robert Coral), un hombre solitario de vida austera que sueña adolescentemente con una mujer ideal y el amor romántico; Charles Denner (Fergus), un artista pintor obsesionado con las mujeres;Mickael Lonslade (Clément Morane),un político municipal, católico y ambicioso. Pese a las explicaciones que antes de morir intentan  brindarle  algunos de ellos, Julie Colher no tiene piedad. Está  dispuesta a llegar hasta final, sin dejar a uno solo de esos hombres con vida, aun al precio de su propia libertad y sacrificio.

Moreau 1

La imagen de Jeanne Moreau quedó vinculada a jamás a The Bride Wore Black. Abundan los que consideran que el personaje original creado por Irish  bien podía haber sido encarnado por iconos de la femme fatal en el cine negro norteamericano clásico, como Lauren Bacall o Vivien Leigh. Otros siguen pensando que no había  otra que Moreau para interpretar el papel, en especial por la fuerte personalidad que caracterizaba a la actriz francesa, su mirada dura y vacía y su semblante rígido con dosis de amargura que conseguían darle un tremendo realismo al personaje de Julie Colher.  Actriz siempre con roles de mujer agria y  arisca, Jeanne Moreau fue sin embargo destilando su parte más humana y entrañable con la llegada de sus papeles de madurez.

El espectador medio terminó manifestando una actitud ambivalente hacia la trama y su personaje central, Julie Colher,  viéndose desgarrado entre el rechazo hacia la parte más revulsiva del crimen y  su justificación moral. Al dictado de las tesis de Thomas Rymer en torno a la justicia poética, la literatura y extensivamente, hoy en día el cine, deberían honrar a los “buenos” e infligir castigo a los villanos allí donde el mundo real no es capaz de impartir justicia. Visto desde ese ángulo, Julie Colher es  un ser inocente, cuya vida se ve truncada y arruinada a raíz del acto de una serie de hombres  sin escrúpulos ni conciencia, que se merecen morir. cuadro 3

Normalmente, los espectadores solemos identificarnos con la víctima, sobre todo cuando la arbitrariedad y el abuso están de por medio. Celebramos los finales en los que impera reparación y se castiga la arbitrariedad. Sin embargo, soy de los que piensan que una lectura del personaje bajo la óptica y los preceptos que alberga ese concepto de “justicia poética”  acuñado por Rymer a la luz de la literatura inglesa moderna del XVII, no se revela del todo procedente. La sed de venganza de Julie  termina por cegarla, dejando al descubierto su propia maldad, crueldad y bajeza incluso con algunos de esos hombres que ha eliminado, que en realidad solo cargan con una culpa matizable. Las fronteras entre el bien y el mal se revelan borrosas y es en ese  sentido que Truffaut se abstuvo de idealizar a una víctima que también  albergaba  en el alma el espíritu  impecable del verdugo sin rostro, ciego y apático  ante el sufrimiento del condenado.

Hay coincidencia en que, con este film, Truffaut se sumergió de lleno en el espíritu que siempre había guiado a los representantes de la Nouvelle Vague : el esfuerzo en trabajar la verosimilitud y realismo de los personajes, a contracorriente de la obsesión por la magia de lo ficcional que había caracterizado al cine francés de la inmediata posguerra. La problemática condición humana,el alma y  el cosmos de los sentimientos fueron temas centrales para la nueva generación de cineastas que encarnó el propio Truffaut. Julie Colher es ante y sobre todo, un ser profundamente herido y son las mismas cicatrices de su dolor, pena y rabia, las que le llevan a sacar la parte más tenebrosa de si misma.

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En 1968, Truffaut ya era un cineasta consolidado. Lo que no impidió que muchos considerasen y sigan comentando hoy, que  “ La mariée était en noir” constituyó una obra  “menor” en su producción y que no hacía  honor a su talento y vanguardismo. Parece que el propio Truffaut reconoció años más tarde que nunca había estado satisfecho del resultado. Dicen  las malas lenguas que  Quentin Tarantino se inspiró en él para sus película Kill Bill Volum 1(2003) y Kill Bill Volumn 2 (2004), una historia que versa sobre la venganza de una recién casada interpretada por Urma Thurman y que decide liquidar a los miembros de la banda que asesina a su marido el mismo día de su boda. Mucho más devoto de Godard que de Truffaut,  Tarantino siempre negó esa inspiración e incluso afirmó no haber visto jamás la película con Jeanne Moreau, a pesar de que los paralelismos entre los dos films sean evidentes.

cuadro cero

Los medios técnicos y la estética del cine de antaño eran muy diferentes a los de hoy. A pesar de que los creadores actuales sean auténticos magos del simulacro gracias a sofisticadas técnicas de realización, debo reconocer  que siempre he sentido una irresistible inclinación por ese entrañable “Noir” francés de los 60 y 70, sin duda mucho más austero en sus medios, pero decididamente  profundo en cuanto a la fuerza de los personajes y la significación de las tramas. Mirada con la retina de hoy, hay que reconocer que la  “La mariée était en noir” no es una maravilla de realización e incluso que alberga algo de cutrerío, lo que no la desmerece en cuanto al contenido y sobre todo, al enorme magnetismo de Jeanne Moreau.

“ La mariée était en noir” fue objeto de sucesivas emisiones en la televisión francesa durante los años setenta. Todavía recuerdo, durante mi infancia, los intercambios entre mis padres después de volverla a ver, sobre todo los argumentos de mi madre, que celosa de su felicidad y propios sentimientos hacia los suyos, sentía una terrible simpatía por el personaje que encarnaba Jeanne Moreau y sobre todo, una adhesión moral a su venganza.  Visto desde la distancia, me doy cuenta que  el éxito del film entre el público no experto y ajeno a la opinión sabia de la crítica cinematográfica, vino sin duda  condicionado  por algo trascendental : el  hecho de que el espectador medio y anónimo identificase y reconociese, a  través mismo del personaje de Julie Colher, los  pasillos más oscuros de su propia alma. Es sabido que en nuestras lecturas y miradas, siempre buscamos algo de nosotros.

 

 

 

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DE LA PASIÓN SOCIOLÓGICA Al COMPROMISO SOCIAL DE LA FICCIÓN : UN PERIPLO EXPLICADO A CLAUDIO CERDÁN.

 

 

Claudio Cerdán

Claudio Cerdán 

Hace unos días,  Claudio Cerdán colgaba en su muro de Facebook un comentario sobre su trayectoria como escritor. Polifacético en su escritura, el autor ha publicado doce novelas en diez años, abordando géneros variados, desde el terror hasta el thriller, pasando por la novela negra e histórica.  Un recorrido nada desdeñable para este autor afincado en el norte de Europa que se ha ido haciendo a si mismo.

Sociólogo de formación, pero  no de profesión, parece que Claudio Cerdán encontró su verdadero camino con la creación ficcional. La primera novela que leí de él fue ” La revolución secreta”, una obra ambientada en la Rusia de la guerra civil y con el Ejercito “Blanco”  y un extraño y monstruoso personaje como telón de fondo. Me pareció una magnética novela histórica con toques góticos  sobre las últimas resistencias zaristas en la Rusia de la revolución bolchevique. Pensaba que Cerdán había hecho una elocuente reflexión sobre la “bestia” que el ser humano lleva en él.  Al colgar la reseña en este mismo foro, Claudio me escribió y dijo con ironía : ” Tú reseña es casi una tesis doctoral”. No supe cómo tomármelo, pero comprobada la frivolidad y superficialidad de la que hacen gala la mayoría de los bloguers, yo siempre me he creído en la obligación de demostrar un mínimo respeto hacia el trabajo de los autores, comprendiendo la intención y motivación de su escritura. Tuvimos un cierto intercambio epistolar, pero no nos conocimos personalmente hasta mucho  más tarde. Fue en Salamanca en 2016. A Claudio Cerdán le tocaba debatir sobre novela negra con uno de los maestros del hardboiled, Julián Ibañez ,con motivo de la entrega del Premio Pata Negra.

Recuerdo, querido Claudio, que durante el retorno del Congreso de Cine y Novela Negra de Salamanca,  viajamos juntos hasta Madrid, trayecto durante el cual me comentaste tu juventud como estudiante de sociología. Cosa que me sorprendió, puesto que te imaginaba licenciado en filología hispana, profesor de literatura, editing, crítico o algo así. Acababa de presentar en Salamanca una ponencia sobre la producción literaria de Víctor del Árbol y algo ya metido en el mundillo del “Noir” de la mano de Sebastià Bennassar y mis colaboraciones en Bearn Black , creía que  era el único “bicho raro” procedente del mundo de las ciencias sociales.

Conversamos sobre la mediocridad del mundo universitario  español  y su  contraste con el francés y anglosajón, al que caracteriza una larga tradición en el ámbito de las ciencias sociales. Eso sí, la conclusión a la que llegamos  era la inutilidad de nuestros estudios, hubiésemos tenido buenos o malos profesores. Es ante el recuerdo de aquella conversación y tu propio y reciente post sobre tu periplo, que no pude impedirme de hacer mi propia reflexión acerca de mi  evolución desde aquellos años en los que yo mismo era estudiante de sociología.

No sé si por los efectos de la edad, pero durante estas últimas semanas de este caluroso verano, me invadió una repentina nostalgia por mi propia juventud. En medio de ella resurgió la imagen y el recuerdo de mis profesores y compañeros de aula durante mis  estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Eran los años felices de mi instancia en París. Me volvió a la memoria  Pierre Bourdieu y su seminario sobre  Sociología de la Educación; Jacques Derrida y el suyo en filosofía de la cultura. Cómo no, también los seminarios de Alain Touraine en torno a la modernidad y los movimientos sociales de la era contemporánea y los de Michel Wieviorka, sobre racismo y violencia. También el de Françoise Gaspard, una de las principales teóricas de la paridad y que hacía un seminario sobre la historia del movimiento feminista. Todos ellos eran profesores que se habían curtido académica e ideológicamente en la década de los 60 y en el propio  engranaje del París del Mayo del 68, del que se celebra este año el cincuenta aniversario. De ellos aprendí el espíritu crítico respecto a nuestra sociedad y proceso civilizatorio.  Me apunté a otros créditos, como el seminario de Dominique Schnnaper, hija del ilustra filosofo Raymond Aron, una de las más prestigiosas teóricas de la democracia, la ciudadanía y la laicidad y que en aquel entonces impartía un seminario sobre  Sociología de la Nación. Aunque más conformista e inscrita en la brillante tradición sociológica francesa de adscripción conservadora, de ella comprendí la importancia de los valores universales por encima de los delirios identitarios; mal que del que estamos sufriendo muchos ciudadanos de Cataluña. Sin querer ser petulante, puedo decir que me formé con muchos de los “grandes”.

Fueron años, sociológicamente hablando, fascinantes : el ascenso del Frente Nacional de Le Pen, la caída del muro de Berlin y la emergencia de los movimientos nacionalistas, la guerra en los Balkanes, las grandes crisis sociales , los populsmos, la globalización y una sociedad en pleno cambio bajo los efectos de la “Era de la Información”. En lo que concierne a mis propias inquietudes, me retornan reminiscencias  sobre los años más crudos del Sida y el resurgir de las corrientes radicales del movimiento gay, de las que participé intelectualmente y en las que me impliqué desde un punto de vista político. También fueron los años del nacimiento de la Teoría queer norteamericana, que reinterpretaba a los post-estructuralistas franceses, sobre todo a Foucault y  Derrida. Ese fue el mundo que me envolvió y forjó mi personalidad.

Me gustaba escribir y reflexionar sobre todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.  Un día, Michel Wieviorka , que era uno de los sociólogos franceses más importantes del mundo, me dijo que tenía un verdadero “genio” sociológico. Aquellas palabras crearon un miraje en mi  mente y falsas expectativas profesionales. Nada me descolocó más que oír al director de mi departamento, al final de una beca post-doctoral de cuatro años, que “No me preocupase, que mi condición de ex-becario me daba derecho a la prestación por desempleo”.  Esa frase oída hace veinte años, me resulta hoy hasta grotesca, cuando no, cómica. Era evidente que la pasión sociológica no iba a a acallar los gruñidos del estómago.

A pesar de  que con el tiempo me di cuenta de que el acceso a un puesto en la universidad estaba convirtiéndose en una quimera, seguí con mi vocación y publiqué cuatro ensayos en torno a todos los temas que estaban en el centro de mis inquietudes intelectuales : las cuestiones identitarias, el género, la sexualidad, el feminismo, la teoría queer. Aunque siempre sin gran fortuna y para un público minoritario. Tardé tiempo en comprender que la reflexión teórica solo tiene sentido y merece dedicación , cuando está en el horizonte la posibilidad de concretización de un proyecto de carrera académica e investigadora.

Si te soy franco, amigo Claudio, como ensayista fui un ser sumamente infeliz, sobre todo porque me percaté pronto que mi palabra y escritura eran impotentes. Recuerdo que durante la presentación de mi último ensayo, en el 2011, que era un recorrido sobre la influencia de la teoría queer en España,  un amigo me dijo después de quejarme de mi soledad en aquel acto : ” ¿Oye, Tino, pero no te das cuenta que lo que escribes no interesa a nadie”?. Sentí esos abruptos propósitos  como un ataque mortal a mi ego. Sin embargo, tenía que darle la razón.  La desvalorización de las ciencias sociales y del ensayo analítico no estaba sin relación con la  ofensiva ideológica neoliberal que hemos venido sufriendo y  que pretende alejar a los ciudadanos de cualquier pensamiento crítico. Para alguien que escribía ensayo, como era mi caso, el viejo refrán según el cual , “No hay nada peor que predicar en el desierto”, se revelaba más cierto que nunca. Mirado con la distancia que proporciona el tiempo y fuera de esa “burbuja” que eran los estudios sociológicos sobre el género y la sexualidad, me doy cuenta de lo marginales que éramos efectivamente. Ese mismo año, decidí romper con toda una etapa de mi vida.

Me puse a cambiar mis hábitos de lectura y a recobrar el interés por la novela.  En mi juventud, durante los 80 y 90, había pensado que la producción ficcional era estéril. No es que hubiesen dejado de existir los grandes escritores y las grandes novelas de temática política, social, histórica o moral.  Pero  era evidente que su tiempo estaba acabándose.  La Francia que yo no conocí no era ya la de Malraux, de Camus, de Genet, ni la de ninguno de los hombres que habían dado brillo a la vida intelectual y literaria gala de la posguerra.  La gran literatura y la figura del intelectual “engagé” en la mejor tradición sartriana, habían sido relevados por la novela  comercial destinada al entretenimiento y los escritores “vedette”.  La situación no era mejor en España, donde todos se habían volcado en los bodrios de Ángeles Caso, la celebre presentadora de televisión   que decía hacer  supuestas novelas históricas. Parece que la hoy olvidada Ángeles Caso creó escuela en relación a las estrellas de la “caja tonta” conversas a escritoras. Después vino la Quintana, que hizo plagio y ahora tenemos a Carme Chaparro, que disfruta del momento con sus novelas negras de “andar por casa”, por si acaso le toca lo mismo que a la Caso.

Francia resistió algo mejor a la literatura basura. Sin embargo, nunca hubo nada que me desconcertase más que el borreguismos colectivo del que la gente hacía gala por aquel entonces respecto a autores malos y plomizos como el huevero Paolo Coelho, cuyo nombre no faltaba a la cita como tema de conversación en  cenas familiares o reuniones de amigos. La literatura ya no tenía que ver con el pensamiento, sino con el pasatiempo. Todavía recuerdo la frivolidad de aquellas conversaciones sobre novelas sin interés que después acababan en las montoneras de libros de ocasión de las grandes librerías parisinas  o en los bazares del rastro. Eran efectivamente libros “clinex” para usar y tirar, mientras los agentes literarios y las grandes editoriales se hacían de oro. Me vuelve a la memoria el comentario de una amiga, que sabiéndome  apasionado por la pluma, me decía ” ¿ Y por qué no escribes chorradas, cosas que venden? O si no, mira Coelho” . Coelho.…” ¡ “Otra vez Coelho!”, pensaba.  Inculcado en ese elitismo intelectual que caracterizaba a las “Grandes Ecoles” francesas, en ese “aristocracia del espíritu”, por hablar como  Ortega, la sugerencia de mi amiga me parecía una abominación. Yo era joven y un apasionado de los grandes debates intelectuales. En mi mente de espíritu científico y crítico, no entendía que un autor de literatura barata,pudiese tener más reconocimiento que un teórico social. Hoy, con el paso del tiempo, me pregunto cómo, siendo sociólogo, no me había percatado de la existencia de una sociedad en la que la mediocridad era “virtud” y en la que el culto al éxito al cualquier precio  se había convertido en regla de oro.

Fuero mi distanciamiento de la sociología y el propio cambio en mis hábitos de lectura, (hace años que no pasa por mis manos un ensayo teórico vinculado con mi formación de origen), los que despertaron en mi la vocación literaria. Había vuelto a aprender a leer y mi propio escritura se fue deshaciendo de ese estilo farragoso que caracteriza al ensayo sociológico. Con el tiempo, he ido dándome cuenta  que la literatura tiene alguna utilidad y que la comprensión de  nuestra época no tiene por qué ser un monopolio de las ciencias sociales y humanas. No digo esto desde la moral del derrotado y el resentimiento por una trayectoria que no fue la que había soñado en mi juventud. Sigo pensando que las ciencias sociales son un elemento esencial para el cultivo del espíritu crítico y no reniego en nada de todos aquellos años en los que me dedicaba a escribir, como me decían mis amigos, “tostones teóricos”, que solo aceptaban publicar editoriales de tercera fila y leían  unos pocos intelectualillos. Pero sí que es cierto que la literatura se ha convertido para mi en un nuevo instrumento, todo hay que decirlo, mucho más placentero y desde luego, que compensa la infelicidad y soledad de aquel sociólogo que fui y que siempre tenía la impresión que escribía para nadie.

Hoy en día, a través de la palabra de mis personajes, de las ambientaciones en las que viven y las historias y tramas que protagonizan, he podido darle un nuevo impulso a esa inquietud que siempre me movió : la crítica social y la reflexión sobre la condición humana. Considero que también se puede hacer una literatura comprometida que interpele  a los lectores sobre los males de nuestra civilización, enseñándoles  a reflexionar con agudeza sobre el acontecer individual y colectivo. En ese sentido, he pasado de la pasión sociológica a la pasión por la creación ficcional como arma de crítica social, cultural e histórica de nuestra contemporaneidad.

Al igual que tú, soy un sociólogo que también descubrió su verdadera vocación, aunque en mi caso haya sido de forma más tardía. Todo hay que decirlo también, mis inicios como novelista han sido escabrosos, condicionados por la ingenuidad y la ignorancia de los oscuros entresijos del mundo literario, que me hicieron caer en las redes de una editora indigna y buque insignia de los sellos pirateros, chapuceros y cutres. No la mencionaré porque ni siquiera se merece ese honor. Hago simplemente el comentario a título de “llamada a tripulantes”  , sobre todo para aquellos autores a los que  el realismo lleva a picar en la puerta de los sellos independientes, pero a los que la impaciencia conduce a no distinguir la paja del grano. No hablo desde el rencor, sino desde el alivio que produce aprender a no ser un iluso y por lo tanto, no dejarse embaucar por encantadores de serpientes.

Me dicen  algunos amigos escritores que el antídoto contra el sufrimiento que te asestan los primeros fracasos, es la perseverancia y el esfuerzo por hacer crecer tu propia escritura a la espera de mejores circunstancias.  Tienen razón. Creo que lo importante es encontrar un cartel que te indique la salida  de los  caminos hacia ninguna parte que solemos tomar ( que en mi caso fue el  de la reflexión teórica y la investigación sociológica) y coger el que de verdad  te llena a todos los niveles. Ese camino se llama para mi, efectivamente, “literatura”.

 

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LA “SEMANA NEGRA”,EL MERCADO Y LA MUERTE ASISTIDA DEL “NOIR”: CARTA ABIERTA A ÁNGEL DE LA CALLE

 

Angel de la Calle

 

Debo reconocer que me he dado un descanso en las redes sociales o me lo han dado, puesto que de algunos foros se me ha directamente expulsado y  esto bajo la imputación de “delito de opinión”  acerca de ciertos ambientes, figuras y figurillas  del “Noir“.  Pocos son los que me perdonan tocar temas “tabús” o que me atreva a decir en voz alta lo que todos piensan por lo bajo.  Cosas de la vida y sobre todo, de este país.Sin embargo, me gusta volver a asomar  la cabeza cuando toca, (por si algunos se piensan que han conseguido cortármela) y en este caso, la ocasión merece la pena.

Caigo en un muro de Facebook  sobre un artículo de Carlos Galindo, el “gurú” de la crítica literaria en el ámbito del género negro . Resulta que el colaborador de El País digital reseña un acto en el marco de la reciente “Semana Negra” de Gijón  de 2018 y en el que por lo visto fue cuestión de un debate sobre la supervivencia del género. Al cabo de  de la crónica, constato  que se trataron muchos temas.

Nunca tuve  la suerte de coincidir con  Ángel de la Calle, el comisario del emblemático festival, pero le reconozco desde la distancia el mérito de animar un evento pionero que, pese a las críticas que ha venido recibiendo en los últimos tiempos, ( unas justificadas y otras menos), conserva una cierta honorabilidad, al menos en comparación a la multitud de festivales sobre el “Noir” que han cundido en los últimos años : salvo contadas excepciones, de muy bajo nivel, limitado interés y sin otro estatuto que el de meras reuniones “camarilleras”.

Precisado esto y puesto  que profeso un cierto gusto por el género epistolar,  me gustaría dirigirme en forma de “carta abierta” a alguien como Ángel de la Calle, para el que soy sin duda soy un desconocido, pero en cuya empatía confío plenamente. Por supuesto, para no generar desconcierto en mi destinatario, me limitaré   a los temas de los que me hice eco a través de la crónica de Carlos Galindo.

Tengo que decirte, estimado Ángel de la Calle, que  a pesar de haberme movido bastante entre el mundillo,sobre todo como comentarista literario en la revista Bearn Black y en calidad de entrevistador en Calibre 38,  no soy de “Misa diaria” en relación al “Noir” . Me defino como  un devoto heterodoxo, todo hay que decirlo, de Fe algo flaqueante, dado que cada vez leo menos novela negra y menguante se revela mi interés por ella. En relación al género negro, siempre he tenido la misma opinión. Pienso que ha sabido vehicular  buena reflexión social sobre la vida colectiva, cuestionar culturalmente el proceso civilizatorio y sacar a la superficie  determinados aspectos de  la condición humana. Como persona formada en el ámbito de las ciencias sociales, parecía normal que las problemáticas del “Noir” me resultasen de un cierto magnetismo. Lo que no me impide recordar que la vocación “social” de la novela negra  no es una virtud que le sea “exclusiva”, esto por mucho que algunos pretendan lo contrario y hayan terminado por creer que solo este  género es capaz de encarnar una mirada  crítica sobre nuestro tiempo. Apunto esto en un gesto de equidad. Entre el injusto ninguneo del que fue objeto por parte de la crítica y la teoría literaria “académica”, que siempre lo considero una baratija de “entretenimiento” e intelectualmente de baja estofa, y las exageraciones en las que caen algunos hoy, que pretenden vender la idea de que más allá del “Noir” es la “Nada”, supongo que hay un término medio. El “Noir” es un género “menor” al que hay que reconocerle la enorme hazaña de haberse dado un mínimo de estatura intelectual y literaria en los últimos años. Ni más, ni menos. Lo interesante es saber si lo conquistado va a pervivir en el tiempo.

Pero vayamos al fondo del asunto. Por lo que tengo entendido, si es que todavía conservo el arte de la hermenéutica, de lo que se habló en ese acto de Gijón  es del sobreinflamiento de la oferta editorial en un clima de déficit de lectores, de la saturación del género negro y  de la mediocridad en la que está cayendo la producción literaria “Noir” al amparo de una moda comercial y del propio oportunismo de los sellos. En suma, de la llamada “burbuja” del “Noir”.

Particularmente, no creo que se publique demasiado, sino que se publica en el marco de una situación irregular que distorsiona el mercado editorial. Sabemos que existen dos grandes grupos  que ejercen de oligopolio puesto que copan el ochenta por ciento de la oferta. Solo hay que entrar en una librería y comprobar cómo las mesas más visibles están dominadas por los autores de estos grupos. Un descuido y nos encontramos con Carme Chaparro   hasta en la sopa,ahora que todos pretenden que la presentadora es poco menos que una especie de encarnación de Patricia Highsmith en versión ibérica. Nos queda que Susana Grisso o Matias Prat  revelen su latente genialidad literaria y  brinden la novela “Noir” del siglo. Cosas del mercado.

En esas condiciones, no me extraña que los sellos independientes solo se queden con las migajas. Un autor publicado por ellos se puede dar por contento si llega a vender mil ejemplares. Como lector, me gusta pasar indiferente delante de las mesas de los “grandes” y en cambio echar la vista sobre las estanterías situadas en el último confín de los establecimientos libreros,que son  donde quedan relegados  los autores más desconocidos, que no  forzosamente los más malos.  Con esto no quiero decir que las editoriales independientes sean las eternas “Cenicientas” arrastradas por los suelos y avasalladas por las malvadas “Madrastas” que son los grandes grupos editoriales. No puedo otra cosa que coincidir con Carlos Zanón sobre el lado “cutre” de algunas “independientes”, que camuflaban la autoedición y coedición, en una dinámica de chapucerismo editorial, sacando provecho de la ilusión y la ingenuidad de los autores noveles y ánonimos. Hablo con conocimiento de causa, puesto que he sido victima de esa clase de sinvergüenzas que se presentan como editores, cuando en realidad confunden la gestión de una editorial con la de una tintorería : con todos los respetos por este último y respetable gremio profesional.

Más allá de lo señalado, insisto en que el verdadero problema está en la forma en la que los grandes sellos distorsionan el mercado. No es que falten lectores, huelga posibilidad de llegar a ellos, sobre todo para los editores más modestos, con menos infraestructura, peores distribuidores y nulo presupuesto a efectos promocionales y publicitarios.

Apuntada la situación, querido Ángel de la Calle, creo que hay otro tema que  abordar : la requetecomentada “burbuja”.  Por lo visto, hoy ya solo se lee novela negra, sobre todo bajo el efecto de una política comercial “machacona” que explota el “Noir” hasta la saciedad. Hoy no pasa nada con que alguien no sepa quién es Ana María Matute o Miguel Débiles, pero pobre de él si se olvida de añadir a Dolores Redondo en la bolsa de la playa. O sea, para ser claro, se ha impuesto el “borreguismo”. En ese sentido, más que faltar lectores, lo que escasea es la diversificación de la oferta y desde luego, el incentivo a la pluralidad de los hábitos de lectura. En ese sentido, no me creo el argumento de que lo importante es que el lector “lea”,  aunque solo sea “Noir”.

Las  propias políticas editoriales de los sellos, amparadas en la moda “borrega”  generan un efecto llamada. Muchos autores saben que no conseguirán publicar nada si no se adaptan a “L’air du temps” y por ello suelen enviar manuscritos en los que no creen, pero que les pueden permitir entrar en el mercado editorial y hacer curriculum. Escritores a los que le gustaría en realidad escribir novela histórica, de espionaje, costumbrista, lo que sea,  pero que se ven en la obligación “práctica” de introducir  dosis de “Noir” para aumentar sus posibilidades de ser publicados.El resultado perverso es claro : por un lado se genera una “desvirtuación” de las estructuras narrativas del género ( ahora llamamos “Noir” a todo y a cualquier cosa)   y se rompe con la diversidad de la oferta literaria, reduciendo los márgenes creativos de los propios autores.

Una anécdota, por cierto. Con ocasión de la presentación de su libro, un amigo especializado en novela histórica, me confió  cuando íbamos a tomarnos una copa acompañados por su agente literario, ” Que la novela negra le importaba un carajo”. La cosa me desconcertó. Había llenado la sala de público y estaba teniendo un éxito enorme con una obra que se inscribía en ese género. Al pedirle aclaración sobre semejante contradicción, me contó que su editor le había precisado que “la novela histórica iba perdiendo fuelle y que había  que hacer otra cosa”.  Y esa otra cosa era evidentemente el “Noir”. Reconoció que la hazaña le había costado lo suyo. Daba igual, tenía lectores dispuestos a tragársela. O sea, un lector borrego presto a acomodarse a los dictados del mercado.La gente pide “Noir” y claro, hay que dárselo, aunque sea malo. Visto así, no es extraño que la mediocridad se haya vuelto “virtud” en ese monocultivo que es  el de  la novela negra.

A ese respecto, yo también me declaro “culpable”, puesto que me referencié en la mediocridad ajena, o sea, en autores, no malos, sino malísimos y que llegaron a la palestra bajo la oleada de esa grandísima tocada de pelotas que es el fenómeno de los policías conversos a escritores.  Eso sí, a diferencia de mi, los susodichos contaban con  padrinos “famosos” que les ejercían de escaparate  y eso a conciencia que estaban mentado a  plumas insulsas e incoloras, de nulo bagaje, huérfanos de imaginación literaria, de una flagrante mediocridad intelectual e incultura y sin otro bagaje que su experiencia en las comisarias. O sea, señores que hacían de la escritura un instrumento de “auto-ayuda”, de terapia personal, es decir, lo que en términos elegantes llamamos “autoficción”.

Quiero recordar que en  el famoso debate acaecido en la “Semana Negra”  y reseñado por Galindo, también estaban algunos de esos autores de renombre con tendencia a proteger a esos mismos mediocres sin otra cualidad que la posesión de una buena agenda y saber caer en gracia a las personas adecuadas. En ese sentido, no estaría mal que aquellos que denuncian, por cierto, con toda razón, la creciente falta de calidad en lo que se publica dentro del “Noir”, empezasen ellos mismos por no fomentarla viniendo en ayuda de autores que solo albergan el mérito de contar con buenos editings, correctores de estilo, editoriales amigas y el favor de los gurús de turno. Por eso que, me habría gustado que aquellos que denunciaron en Gijón  la mediocridad en la que está cayendo el “Noir”, hubiesen aclarado a cuál de ellas se estaban refiriendo, si a la obvia o a la que contribuyen a ocultar bajo meros criterios de amiguismo para con sus protegidos.

Con esto quiero decirte, estimado Ángel de la Calle, que a la pregunta de si el “Noir” se “está suicidando”, yo matizaría. No se está suicidando, le estamos dando una “muerte asistida”. Y ya sabemos cómo es el mercado, cruel e implacable, dispuesto a dejarte morir cuando las cifras terminan no cuadrando o cuando surgen otras “ocurrencias” que alumbran alternativos “fenómenos de moda”. En efecto, parece que el “Noir” va a morir enfermo de su propio éxito y pasar al ámbito de la mera memoria o simplemente, el olvido, que es lo que le ocurre a todos los difuntos.

Coincidirás conmigo en que  sería una pena de que dentro de unos años solo nos quedásemos con el recuerdo del “Noir” como el producto de una formidable y agobiante moda pasajera pensada  para  lectores borregos e hiciésemos omisión de las cosas buenas que aportó el género en términos literarios y como instrumento de crítica y análisis de los males de nuestro tiempo. Y aquí me quedo, recordándote que la mediocridad la fomentamos entre todos, envueltos en un proceso de “mercantilización” de la cultura y donde el oportunismo se ha hecho rey.

Saludos cordiales desde la distancia.

 

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LA CASA DE NIÑOS : COMENTARIOS SOBRE “IRINA”, DE EMPAR FERNÁNDEZ

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Acostumbramos a hablar de “Memoria Histórica” en referencia a los episodios de la guerra y posguerra española. El concepto es correcto en si mismo, pero debemos sustraerlo de su abstracción, de una idea genérica de lo “colectivo”, entendiéndolo más bien como una realidad compartimentada en diversas “memorias”, autónomas, pero interactivas en su significación. “Memorias” de la guerra civil lo son por ejemplo, el papel de las mujeres en este episodio histórico, tema recurrente por el que ha ido creciendo el interés  narrativo. Micro-memorias de la contienda española también se han visto constituidas por otros universos, entre ellos, el de la infancia y la adolescencia. Es precisamente  de estas  últimas que ha pretendido hacerse eco literario  Empar Fernández,( Barcelona, 1962) con  “Irina” ( Versátil, 2018), una obra que se suma a otras novelas suyas vertientes sobre el acontecer histórico más próximo y de la que “Hotel Lutecia” ( Suma de letras, 2017), ha sido una de las recientes entregas.

La cuestión de los “Niños de Rusia” ocupa un lugar importante en el imaginario político  de la guerra civil , pero suele ser abordada  desde  los interminables debates historiográficos  y las  crispadas controversias ideológicas en torno al papel de la URSS en nuestro conflicto civil. Sin embargo, es bien conocido que el episodio,  el acontecimiento colectivo y cronologizado,  el que aparece en los manuales de historia, acostumbra a sepultar la experiencia  individual concreta y más subjetiva de sus protagonistas anónimos. Es esa misma experiencia que pretende recuperar Empar Fernández a través de “Irina“, un personaje de ficción que pese a todo se revela de un terrible realismo.

Ya en el siglo XXI, Irina es una mujer en el otoño de su vida y que espera la muerte en la realidad social de la Rusia poscomunista. Viuda y en la soledad, mantiene amistad con una vecina, Oxana. Tras el fallecimiento de la anciana, la joven rusa, una madre soltera que  tiene que sacar adelante a su hijo con un sueldo como peluquera, va a cumplir el cometido que le ha pedido Irina antes de su adiós. Oxana viaja a Barcelona, donde se encontrará con Santiago, un agente inmobiliario desmotivado, arisco, divorciado y con síntomas de depresión. Ha de entregarle  un diario manuscrito de veinte paginas escritas por Asunción Cadavieco, que es el verdadero nombre de IrinaIrina, Asunción Cadavieco, ha sido  una niña del exilio, un ser  invisible que en la edad adulta va a convertirse, mediante su escritura,  en la testigo privilegiada de una experiencia colectiva, la de los “Niños de Rusia”.

A través de la retina de Santiago, el lector descubre el periplo de una niña de nueve años,  hija de mineros asturianos, poco agraciada, miope, asolada por la miseria y el hambre y que, llegado el año 1937 y el asedio de los “Nacionales” sobre Gijón, se ve abocada a ser separada de sus padres y enviada a tierras de Stalin. Empar Fernández nos cuenta a través de la voz de Asunción la trayectoria de unos niños de infancia truncada, enfrentados a todos los males históricos de su tiempo, desde la guerra civil española hasta la Segunda Guerra Mundial,  con un especial hincapié  en el contexto de la invasión nazi de Rusia y la larga Batalla de Leningrado. En la “casa de  niños” que los acoge, Irina va a compartir experiencia con otros  de su edad. El dolor ante la separación y la esperanza del retorno a España junto a sus seres queridos, son los ejes sobre los que se alza su cotidianidad repleta de sinsabores.

La novela de Empar Fernández no se limita a rescatar la “Memoria Histórica” de un acontecimiento vinculado a la guerra civil española, también nos habla de la nostalgia y  la pena, de la incertidumbre ante lo que pueda venir y de la perdida de identidad cuando somos arrancados de aquellos que han formando parte de  nuestra historia de vida. A través de Irina, de Asunción, Empar Fernández nos recuerda  la necesidad que tienen los seres humanos de reconstruirse a si mismos, de devolverles sentido  a su  existencia cuando ya nada del pasado tiene posibilidad de ser recuperado. La novela nos interpela sobre  la pérdida de nuestras raíces y del imperioso anhelo  que tenemos de rescatar las mismas cuando llama a la puerta el final de nuestra vida. Asunción ha  renunciado a reencontrarse con sus padres y hermanos y en la edad adulta, se convierte definitivamente en Irina,  en una ciudadana soviética, como si Asunción solo fuese un miraje, como si ese pasado en Asturias jamás hubiese existido. Es para ella la única manera de resistir a los golpes que las fuerzas conjugadas del recuerdo y la nostalgia asestan al alma. Pese a todo, al final de su periplo en este mundo, Irina no quiere irse sin   recordar a Santiago que Asunción existió de verdad.

         Empar Fernández  cuenta a través de una trama y subtrama el vivir de dos mujeres. El de Irina, que ha perdido una batalla en medio del efecto maligno de las circunstancias históricas y la de Oxana, que en cambio pretende no salir derrotada en su propia lucha. Mediante los dos personajes, la autora vuelve a un tema que ha sido central en sus otras obras : la relevancia de las relaciones de filiación y el enorme dolor que puede producirse cuando los hijos son separados de sus padres. Como no, la novela   recrea también los valores  de la amistad y la lealtad entre dos mujeres  generacionalmente separadas por un abismo. Pero  la verdadera esencia de la obra de Empar Fernández es el alegato contra el olvido, recordando que por cruel que sea la situación del presente, grande se revele la lejanía, imponente se imponga la renuncia, nunca desaparece del todo la memoria de nuestro pasado y sobre todo, el recuerdo de los seres amados que formaron parte de él. De esta manera, esa “casa de  niños” que describe Fernández  a  través de la escritura de Irina, no hace otra cosa que remitirnos a  la experiencia existencial de unos adolescentes que no entienden de la maldad humana y solo saben de sus propios sentimientos.

Novela escrita en un ritmo narrativo agradable y cuidado, donde el tono de la palabra se adapta a la correspondiente ambientación, Empar Fernández vuelve a confirmar su potencialidad como escritora más allá de un género negro en el que algunos pretenden encasillarla. No estaría mal que la autora siguiese por el camino tomado, que es el que le lleva al palco literario de los grandes nombres como Manuel Rivas, Ignacio Martínez  de Pisón, Almudena Grandes o Javier Cercas, sobre los que recae el mérito de haber renovado y actualizado la tradición narrativa en torno a la guerra civil española.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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