DE LA PASIÓN SOCIOLÓGICA Al COMPROMISO SOCIAL DE LA FICCIÓN : UN PERIPLO EXPLICADO A CLAUDIO CERDÁN.

 

 

Claudio Cerdán

Claudio Cerdán 

Hace unos días,  Claudio Cerdán colgaba en su muro de Facebook un comentario sobre su trayectoria como escritor. Polifacético en su escritura, el autor ha publicado doce novelas en diez años, abordando géneros variados, desde el terror hasta el thriller, pasando por la novela negra e histórica.  Un recorrido nada desdeñable para este autor afincado en el norte de Europa que se ha ido haciendo a si mismo.

Sociólogo de formación, pero  no de profesión, parece que Claudio Cerdán encontró su verdadero camino con la creación ficcional. La primera novela que leí de él fue ” La revolución secreta”, una obra ambientada en la Rusia de la guerra civil y con el Ejercito “Blanco”  y un extraño y monstruoso personaje como telón de fondo. Me pareció una magnética novela histórica con toques góticos  sobre las últimas resistencias zaristas en la Rusia de la revolución bolchevique. Pensaba que Cerdán había hecho una elocuente reflexión sobre la “bestia” que el ser humano lleva en él.  Al colgar la reseña en este mismo foro, Claudio me escribió y dijo con ironía : ” Tú reseña es casi una tesis doctoral”. No supe cómo tomármelo, pero comprobada la frivolidad y superficialidad de la que hacen gala la mayoría de los bloguers, yo siempre me he creído en la obligación de demostrar un mínimo respeto hacia el trabajo de los autores, comprendiendo la intención y motivación de su escritura. Tuvimos un cierto intercambio epistolar, pero no nos conocimos personalmente hasta mucho  más tarde. Fue en Salamanca en 2016. A Claudio Cerdán le tocaba debatir sobre novela negra con uno de los maestros del hardboiled, Julián Ibañez ,con motivo de la entrega del Premio Pata Negra.

Recuerdo, querido Claudio, que durante el retorno del Congreso de Cine y Novela Negra de Salamanca,  viajamos juntos hasta Madrid, trayecto durante el cual me comentaste tu juventud como estudiante de sociología. Cosa que me sorprendió, puesto que te imaginaba licenciado en filología hispana, profesor de literatura, editing, crítico o algo así. Acababa de presentar en Salamanca una ponencia sobre la producción literaria de Víctor del Árbol y algo ya metido en el mundillo del “Noir” de la mano de Sebastià Bennassar y mis colaboraciones en Bearn Black , creía que  era el único “bicho raro” procedente del mundo de las ciencias sociales.

Conversamos sobre la mediocridad del mundo universitario  español  y su  contraste con el francés y anglosajón, al que caracteriza una larga tradición en el ámbito de las ciencias sociales. Eso sí, la conclusión a la que llegamos  era la inutilidad de nuestros estudios, hubiésemos tenido buenos o malos profesores. Es ante el recuerdo de aquella conversación y tu propio y reciente post sobre tu periplo, que no pude impedirme de hacer mi propia reflexión acerca de mi  evolución desde aquellos años en los que yo mismo era estudiante de sociología.

No sé si por los efectos de la edad, pero durante estas últimas semanas de este caluroso verano, me invadió una repentina nostalgia por mi propia juventud. En medio de ella resurgió la imagen y el recuerdo de mis profesores y compañeros de aula durante mis  estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Eran los años felices de mi instancia en París. Me volvió a la memoria  Pierre Bourdieu y su seminario sobre  Sociología de la Educación; Jacques Derrida y el suyo en filosofía de la cultura. Cómo no, también los seminarios de Alain Touraine en torno a la modernidad y los movimientos sociales de la era contemporánea y los de Michel Wieviorka, sobre racismo y violencia. También el de Françoise Gaspard, una de las principales teóricas de la paridad y que hacía un seminario sobre la historia del movimiento feminista. Todos ellos eran profesores que se habían curtido académica e ideológicamente en la década de los 60 y en el propio  engranaje del París del Mayo del 68, del que se celebra este año el cincuenta aniversario. De ellos aprendí el espíritu crítico respecto a nuestra sociedad y proceso civilizatorio.  Me apunté a otros créditos, como el seminario de Dominique Schnnaper, hija del ilustra filosofo Raymond Aron, una de las más prestigiosas teóricas de la democracia, la ciudadanía y la laicidad y que en aquel entonces impartía un seminario sobre  Sociología de la Nación. Aunque más conformista e inscrita en la brillante tradición sociológica francesa de adscripción conservadora, de ella comprendí la importancia de los valores universales por encima de los delirios identitarios; mal que del que estamos sufriendo muchos ciudadanos de Cataluña. Sin querer ser petulante, puedo decir que me formé con muchos de los “grandes”.

Fueron años, sociológicamente hablando, fascinantes : el ascenso del Frente Nacional de Le Pen, la caída del muro de Berlin y la emergencia de los movimientos nacionalistas, la guerra en los Balkanes, las grandes crisis sociales , los populsmos, la globalización y una sociedad en pleno cambio bajo los efectos de la “Era de la Información”. En lo que concierne a mis propias inquietudes, me retornan reminiscencias  sobre los años más crudos del Sida y el resurgir de las corrientes radicales del movimiento gay, de las que participé intelectualmente y en las que me impliqué desde un punto de vista político. También fueron los años del nacimiento de la Teoría queer norteamericana, que reinterpretaba a los post-estructuralistas franceses, sobre todo a Foucault y  Derrida. Ese fue el mundo que me envolvió y forjó mi personalidad.

Me gustaba escribir y reflexionar sobre todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.  Un día, Michel Wieviorka , que era uno de los sociólogos franceses más importantes del mundo, me dijo que tenía un verdadero “genio” sociológico. Aquellas palabras crearon un miraje en mi  mente y falsas expectativas profesionales. Nada me descolocó más que oír al director de mi departamento, al final de una beca post-doctoral de cuatro años, que “No me preocupase, que mi condición de ex-becario me daba derecho a la prestación por desempleo”.  Esa frase oída hace veinte años, me resulta hoy hasta grotesca, cuando no, cómica. Era evidente que la pasión sociológica no iba a a acallar los gruñidos del estómago.

A pesar de  que con el tiempo me di cuenta de que el acceso a un puesto en la universidad estaba convirtiéndose en una quimera, seguí con mi vocación y publiqué cuatro ensayos en torno a todos los temas que estaban en el centro de mis inquietudes intelectuales : las cuestiones identitarias, el género, la sexualidad, el feminismo, la teoría queer. Aunque siempre sin gran fortuna y para un público minoritario. Tardé tiempo en comprender que la reflexión teórica solo tiene sentido y merece dedicación , cuando está en el horizonte la posibilidad de concretización de un proyecto de carrera académica e investigadora.

Si te soy franco, amigo Claudio, como ensayista fui un ser sumamente infeliz, sobre todo porque me percaté pronto que mi palabra y escritura eran impotentes. Recuerdo que durante la presentación de mi último ensayo, en el 2011, que era un recorrido sobre la influencia de la teoría queer en España,  un amigo me dijo después de quejarme de mi soledad en aquel acto : ” ¿Oye, Tino, pero no te das cuenta que lo que escribes no interesa a nadie”?. Sentí esos abruptos propósitos  como un ataque mortal a mi ego. Sin embargo, tenía que darle la razón.  La desvalorización de las ciencias sociales y del ensayo analítico no estaba sin relación con la  ofensiva ideológica neoliberal que hemos venido sufriendo y  que pretende alejar a los ciudadanos de cualquier pensamiento crítico. Para alguien que escribía ensayo, como era mi caso, el viejo refrán según el cual , “No hay nada peor que predicar en el desierto”, se revelaba más cierto que nunca. Mirado con la distancia que proporciona el tiempo y fuera de esa “burbuja” que eran los estudios sociológicos sobre el género y la sexualidad, me doy cuenta de lo marginales que éramos efectivamente. Ese mismo año, decidí romper con toda una etapa de mi vida.

Me puse a cambiar mis hábitos de lectura y a recobrar el interés por la novela.  En mi juventud, durante los 80 y 90, había pensado que la producción ficcional era estéril. No es que hubiesen dejado de existir los grandes escritores y las grandes novelas de temática política, social, histórica o moral.  Pero  era evidente que su tiempo estaba acabándose.  La Francia que yo no conocí no era ya la de Malraux, de Camus, de Genet, ni la de ninguno de los hombres que habían dado brillo a la vida intelectual y literaria gala de la posguerra.  La gran literatura y la figura del intelectual “engagé” en la mejor tradición sartriana, habían sido relevados por la novela  comercial destinada al entretenimiento y los escritores “vedette”.  La situación no era mejor en España, donde todos se habían volcado en los bodrios de Ángeles Caso, la celebre presentadora de televisión   que decía hacer  supuestas novelas históricas. Parece que la hoy olvidada Ángeles Caso creó escuela en relación a las estrellas de la “caja tonta” conversas a escritoras. Después vino la Quintana, que hizo plagio y ahora tenemos a Carme Chaparro, que disfruta del momento con sus novelas negras de “andar por casa”, por si acaso le toca lo mismo que a la Caso.

Francia resistió algo mejor a la literatura basura. Sin embargo, nunca hubo nada que me desconcertase más que el borreguismos colectivo del que la gente hacía gala por aquel entonces respecto a autores malos y plomizos como el huevero Paolo Coelho, cuyo nombre no faltaba a la cita como tema de conversación en  cenas familiares o reuniones de amigos. La literatura ya no tenía que ver con el pensamiento, sino con el pasatiempo. Todavía recuerdo la frivolidad de aquellas conversaciones sobre novelas sin interés que después acababan en las montoneras de libros de ocasión de las grandes librerías parisinas  o en los bazares del rastro. Eran efectivamente libros “clinex” para usar y tirar, mientras los agentes literarios y las grandes editoriales se hacían de oro. Me vuelve a la memoria el comentario de una amiga, que sabiéndome  apasionado por la pluma, me decía ” ¿ Y por qué no escribes chorradas, cosas que venden? O si no, mira Coelho” . Coelho.…” ¡ “Otra vez Coelho!”, pensaba.  Inculcado en ese elitismo intelectual que caracterizaba a las “Grandes Ecoles” francesas, en ese “aristocracia del espíritu”, por hablar como  Ortega, la sugerencia de mi amiga me parecía una abominación. Yo era joven y un apasionado de los grandes debates intelectuales. En mi mente de espíritu científico y crítico, no entendía que un autor de literatura barata,pudiese tener más reconocimiento que un teórico social. Hoy, con el paso del tiempo, me pregunto cómo, siendo sociólogo, no me había percatado de la existencia de una sociedad en la que la mediocridad era “virtud” y en la que el culto al éxito al cualquier precio  se había convertido en regla de oro.

Fuero mi distanciamiento de la sociología y el propio cambio en mis hábitos de lectura, (hace años que no pasa por mis manos un ensayo teórico vinculado con mi formación de origen), los que despertaron en mi la vocación literaria. Había vuelto a aprender a leer y mi propio escritura se fue deshaciendo de ese estilo farragoso que caracteriza al ensayo sociológico. Con el tiempo, he ido dándome cuenta  que la literatura tiene alguna utilidad y que la comprensión de  nuestra época no tiene por qué ser un monopolio de las ciencias sociales y humanas. No digo esto desde la moral del derrotado y el resentimiento por una trayectoria que no fue la que había soñado en mi juventud. Sigo pensando que las ciencias sociales son un elemento esencial para el cultivo del espíritu crítico y no reniego en nada de todos aquellos años en los que me dedicaba a escribir, como me decían mis amigos, “tostones teóricos”, que solo aceptaban publicar editoriales de tercera fila y leían  unos pocos intelectualillos. Pero sí que es cierto que la literatura se ha convertido para mi en un nuevo instrumento, todo hay que decirlo, mucho más placentero y desde luego, que compensa la infelicidad y soledad de aquel sociólogo que fui y que siempre tenía la impresión que escribía para nadie.

Hoy en día, a través de la palabra de mis personajes, de las ambientaciones en las que viven y las historias y tramas que protagonizan, he podido darle un nuevo impulso a esa inquietud que siempre me movió : la crítica social y la reflexión sobre la condición humana. Considero que también se puede hacer una literatura comprometida que interpele  a los lectores sobre los males de nuestra civilización, enseñándoles  a reflexionar con agudeza sobre el acontecer individual y colectivo. En ese sentido, he pasado de la pasión sociológica a la pasión por la creación ficcional como arma de crítica social, cultural e histórica de nuestra contemporaneidad.

Al igual que tú, soy un sociólogo que también descubrió su verdadera vocación, aunque en mi caso haya sido de forma más tardía. Todo hay que decirlo también, mis inicios como novelista han sido escabrosos, condicionados por la ingenuidad y la ignorancia de los oscuros entresijos del mundo literario, que me hicieron caer en las redes de una editora indigna y buque insignia de los sellos pirateros, chapuceros y cutres. No la mencionaré porque ni siquiera se merece ese honor. Hago simplemente el comentario a título de “llamada a tripulantes”  , sobre todo para aquellos autores a los que  el realismo lleva a picar en la puerta de los sellos independientes, pero a los que la impaciencia conduce a no distinguir la paja del grano. No hablo desde el rencor, sino desde el alivio que produce aprender a no ser un iluso y por lo tanto, no dejarse embaucar por encantadores de serpientes.

Me dicen  algunos amigos escritores que el antídoto contra el sufrimiento que te asestan los primeros fracasos, es la perseverancia y el esfuerzo por hacer crecer tu propia escritura a la espera de mejores circunstancias.  Tienen razón. Creo que lo importante es encontrar un cartel que te indique la salida  de los  caminos hacia ninguna parte que solemos tomar ( que en mi caso fue el  de la reflexión teórica y la investigación sociológica) y coger el que de verdad  te llena a todos los niveles. Ese camino se llama para mi, efectivamente, “literatura”.

 

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