AQUELLOS NIÑOS DEL 36 QUE SUPIERON SOÑAR : UN DIÁLOGO CON EL ESCRITOR MARTÍN ABRISKETA

Abrisketa 2

Martín Abrisketa 

Contaba Francisco Umbral con motivo  de su obra autobiográfica, “ Memorias de un niño de derechas”, que él había sido feliz durante la guerra civil española. La reflexión chirriaba en los oídos de toda una generación emocionalmente herida por ese mismo acontecimiento. La misma a la que le habían negado la experiencia  de la inocencia y puesto prematuramente frente a la crueldad del mundo adulto. En ese infierno de las inocencias truncadas, nunca hubo regla sin excepción. Martín Abrisketa tuvo a bien de recordárnoslo con su exitosa  novela, “ La  lengua de los secretos”,(Roca Editorial,2015) la historia  real de su padre, Martin, el periplo de un niño en el mundo rural vasco, que luchará a capa y espada a lo largo de la guerra civil para que nadie le usurpase lo que le pertenecía por derecho propio : su infancia.

Periodista y cámara de profesión, Martin Abrisketa (Bilbao,1967), es un  autor vasco que, muy equivocadamente, no se considera del todo un  escritor. Sin embargo, lo es. Fichado por el Grupo Planeta, acaba de publicar su segundo novela, “El país escondido”(Planeta,2018), la historia de una niña, hija de una toxicómana, a la búsqueda de una madre que le ha abandonado y  que intenta cambiar el mundo y la realidad a través del universo imaginario que plasma a través de sus dibujos. En ese sentido, no cabe duda que la producción narrativa de Martín, hasta ahora, modesta, pero profunda y con una prosa de una indudable calidad, bien puede ser concebida como una oda a la infancia, la fantasía y el sueño.

A lo largo de esta entrada, conversamos sobre “La lengua de los secretos”, de  la experiencia del niño Martín durante la guerra civil y de la propia relación de Martín Abrisketa con su padre, pero también sobre, la memoria histórica y sobre todo, sobre  el valor del testimonio intergeneracional   Mi charla con él inaugura así una nueva sección de entrevistas  en torno al tratamiento narrativo de lo que vino a hacerse conocer como, el “drama de España”.

La lengua de los secretos

 

Dicen que los niños de la guerra encarnan a una generación a la que le cayó como una losa toda la historia de su país, de  ese “Laberinto español” del que nos hablaba Gerarld Brenan…

 Yo creo que cualquier guerra cae como una losa, en especial sobre los que la padecen y más en particular, sobre los niños, que no saben lo que es una guerra, ni nadie se lo ha explicado. Lo que cayó sobre esos niños fue una losa de incomprensión hacia un mundo de adultos que se destruía a si mismo.

“ La lengua de los secretos” es la infancia de tu padre  durante la Guerra Civil, narrada por él y escrita por ti. No sé si esa relación entre vosotros confirma la verdadera esencia de lo que es un escritor. Es decir, alguien capaz de poner sobre el papel la experiencia existencial de individuos que no sabrían ellos mismos cómo escribir, ni contar.

Yo no era escritor y tampoco hoy tengo claro si lo soy. Lo que tenía es una herida con mi padre, quizás no muy grande, pero una herida a fin de cuenta. No nos entendíamos, había un muro de incomprensión entre nosotros. Ocurrió que la literatura nos unió para siempre. Él guardaba una historia que me parecía imprescindible rescatar. Esa historia salvó a mi padre y me ayudó a recuperarle. “La lengua de los secretos”  no es mi novela, sino la de los dos. Mi padre aportó la historia y yo, gracias a mi profesión de periodista, puse la palabra, organicé la narración y el desenlace de la trama.  Nunca hay una novela sin historia y fue mi padre el que le dio sentido a mi escritura. Pero lo que quiero decir sobre todo, es que  no es  solo su historia, sino la de muchos niños como él.

Comentas en una parte de tu novela  que el hecho de que te contase su infancia había cambiado tu percepción sobre él.

Lo bueno de asomarnos juntos a su pasado,es que descubrí lo mejor de mi padre. Con ese pasado y lo que tenía de más bonito , limamos asperezas. En nuestro caso, el pasado nos abrió la puerta del presente…

“Entre mi padre y yo había había una herida y un muro de incomprensión, pero ocurrió que la literatura nos unió para siempre”

 

Si me permites el comentario personal, yo también tuve un padre que vivió la guerra civil y después de presenciar con siete años cómo asesinaban a mi abuelo unos días después del 18 de Julio. Sin embargo, nunca habló de ello y se colocó la mascara de un hombre severo y apático respecto a nuestro propio mundo de niños. Me planteo si muchos de esos niños de la guerra se limitaron a interiorizar el dolor,  impotentes para expresarlo,  incluso en la edad adulta…

Sí, en la mayoría de los casos. El de mi padre es excepcional. Mi padre era un niño muy fantasioso y para él, la guerra se convirtió en una aventura, en una guerra de mentira. A pesar del drama que vivía, no ocurrió nada irreversible, al contrario de  lo que sucedió con tu padre. La mayoría de la gente  no quiere recordar su niñez durante la guerra civil, precisamente porque hubieron muchas cosas irreversibles en sus existencias.

Tu padre cuenta una vivencia personal,  pero mi  pregunta es si estamos realmente ante una mera historia individual que Martín necesita dar a conocer a través de ti o si en realidad, detrás de ella, hay en verdad un alegato contra la desmemoria colectiva…

Por supuesto. Mi padre hizo que otra gente de su generación se decidiese a recordar. Recuerdo que me escribió una mujer casi centenaria a través de su hijo, contándome una historia muy parecida a la de mi familia y que jamás había explicado a nadie. Eso tiene la literatura, que es buena para el que escribe las historias, pero también para los que las reciben. Nos hace ver nuestra propia realidad y superar muchas cosas de ella. Muchos niños de la guerra se volvieron personas introvertidas y creo que la historia de mi padre les ayudó a gestionar sus sentimientos y sobre todo, a expresarlos. Me paró mucha gente en la calle para decirme que la historia de Martín Abrisketa también era la suya.

Aunque la historia de tu padre es la de los “vencidos” , compruebo que en la novela no subyacen sin embargo grandes proclamas ideológicas, ni rencor, ni tampoco revanchismo…

 Es que no desprende odio, solo se limita a recordarnos lo que no debe volver a ocurrir. Habla de las cosas buenas que también hay en los dramas colectivos. A mi me preocupan los odios y cómo se están volviendo a alentar en muchos ámbitos de la vida colectiva y respecto a numerosos temas. Para mi, es bueno que sepamos lo que ocurrió y para qué ocurrió, que fue para nada, a parte de que para que hubiese mucha gente inútilmente muerta.

“Muchos niños de la guerra  se volvieron personas introvertidas y creo que la historia de mi padre les ayudó a gestionar sus sentimientos y sobre todo, a expresarlos”

En muchos aspectos, veo en tu novela y en el periplo de Martin, una oda a la inocencia y a la fantasía, a esa tierra mágica que es la infancia, pero al mismo tiempo percibo  también en la narración una lucha encarnizada entre lo fantástico  y el infierno de la realidad.

 Mi padre cuenta una historia casi bonita.Él mismo disfrutó con los bombardeos, de tener que buscar comida para alimentar a sus hermanos. Saludaba a los pilotos y veía caer las bombas como si fuesen hojas de un árbol. Lo único que le protegía era su fantasía, que era como un escudo frente a aquel drama. De hecho, cuánto peor se ponían las cosas, más jugaba con su imaginación…

¿ Pero ese juego con la fantasía no volvía opaco el verdadero drama, no banalizaba la realidad y el sufrimiento?

 Esa fue una de mis preocupaciones cuando me puse a escribir, temía que la realidad se quedase sepultada por las fantasías de mi padre. Finalmente, me di cuenta que el reto consistía en contar la realidad y crudeza de aquella guerra a través de la imaginación de un niño. Te pongo un ejemplo : las evacuaciones de los refugiados fueron terribles, cuando Euskadi estaba siendo asolada por los “Nacionales”. Los refugiados se iban en cargueros británicos, en unas condiciones lamentables, con la muerte persiguiéndoles. Mi padre vivió esos episodios. Se imaginaba que el barco era una ballena asesina y que habían sido devorados por ella. Cuando le enseñé el borrador del capítulo, me dijo que esa había sido su vivencia. Yo, por mi parte, pude meterme en su cabeza de niño y comprobar cómo la fantasía era su único instrumento de supervivencia, la única manera de no perder su infancia, de salvarse…

Sí, de acuerdo, pero lo que también veo en tu novela es que Martin va encontrándose de frente con la realidad, sobre todo después de la muerte de su hermano Juan en el frente. A ese respecto, me interrogo sobre si la pena y el dolor no son la verdadera puerta salida de la infancia, el signo del fin de la misma…

 Claro, pero la novela pretende ser también una historia sobre el crecimiento, sobre el transito hacia la edad adulta. Cómo ya hemos comentado, Martin vive en una lucha entre la fantasía y la realidad, entre crecer o no, pero al final se da cuenta que tiene que hacerlo. Eso es bueno, porque crece en todo y para todo.  Tuvo que enfrentarse a la realidad, sobre todo en los años de la posguerra. Pero es porque supo ser niño que en su vejez también fue capaz de comprender a sus propios nietos y su mundo. Es porque mi padre logró seguir siendo un niño, que en la edad adulta, en la madurez y en la propia vejez, supo tener una visión positiva de la vida y nunca perder la ilusión. Eso le diferenció de otra gente de su generación, que siempre vivió con el alma herida.

“Pude comprobar cómo mi padre encontró en la fantasía su único instrumento de supervivencia, la única manera de no perder su infancia, de salvarse frente al drama que estaba viviendo” 

 

Lo que me cuentas me hace pensar en obras cinematográficas importantes de los últimos años  como ” La vida es bella” de Roberto Benigni  y “El laberinto del fauno”  de Guillermo del Toro, que también tratan del juego y de la fantasía en medio de la realidad atroz de los totalitarismos. No sé si preguntarte qué hay también de Martín en esas dos magnificas historias…

Me han  preguntando muchas veces por esas dos películas en las entrevistas que me han hecho. En “La vida es bella” es el padre que el mete a su hijo en un juego para hacerle creer que no están en un campo de concentración nazi. En el caso de “La lengua de los secretos”, es Martín que se inventa su propio mundo para evadirse de la realidad de la guerra civil. Pero tengo que decirte que cuando escribí mi novela no pensaba tanto en  las obras de Benigni y del Toro. Si tengo algún referente cinematográfico sería más bien ” Big Fish de Tim Burton. Un día la vi, después de haber acabado la novela y me recordó mucho mi historia, puesto que habla del reencuentro entre un padre fantasioso y un hijo que habían permanecido muy alejados el uno del otro. Pero en general procuro mantener mi punto de vista, no dejarme influir, mantener en el proyecto original que tengo.

Entonces no sueles apoyarte en el cine, a diferencia de lo que hacen otros autores, sobre todo en estos momentos, en los que lo visual a adquirido semejante importancia frente a lo literario, en los que nos gusta mirar, pero nos cuesta leer…  

Me apoyó en el cine cuando escribo, pero no tanto en las películas en sí y en sus tramas, sino en la realización. Soy  cámara de televisión profesión y le doy mucha importancia a los planos, que son los que me  inspiran cuando escribo. Creo cámaras imaginarias cuando describo una escena y eso me permite apreciar los detalles que a veces se te escapan. Yo necesito pensar en las imágenes y luego trasladarlas a la escritura. Es una cámara subjetiva.  Con los planos consigo acercarme o alejarme de los personajes y situarlos en cada contexto y situación.

Lo que compruebo es que, más allá de la parte verídica de la historia y centrándome en lo literario en el sentido estricto, rompes con ese estilo narrativo tremendista que caracterizó, por ejemplo, a la generación del 50, y con matices, a la propia producción literaria y cinematográfica sobre la guerra civil que vino a surgir tras la Transición. Parece que optas más bien por lo trágico-cómico…

 No puedo darte mucha opinión sobre esa cuestión, en parte también porque mientras escribía procuraba evitar demasiadas lecturas sobre la guerra civil, sobre todo para que no influyesen en mi propia escritura y forma de contar las cosas. Solo puedo decirte de que en “La lengua de los secretos” recreé una gran cantidad de sucesos de humor, sucesos reales. Te cuento uno de ellos. A mi padre le habían dicho que los franquistas eran diablos, a pesar de que nunca había visto a ningún “Nacional”. Tenía mucho miedo,sobre todo cuando regresó de Francia y cruzó la frontera de Irún. Los niños estaba aleccionados, a igual que los del bando contrario, donde los diablos eran los “Rojos”. Para mi padre, un diablo era alguien con cuernos y rabo. Como los “Nacionales” llevaban gorra, pensaba que debían tenerlos escondidos debajo. Un día le tocó el culo a uno de ellos para comprobar si  tenía escondido el rabo.

Jejejejeje… ¡Me cuesta imaginármelo!

 Jejejeje… Te aseguro que es cierto…

Cambiando de tema, si me permites, hay algo que también es emocionante en tu novela y es la ingenuidad con la que los niños descubren las palabras y su significado, palabras que hablan de una realidad muy cruel…

 Sí, por ejemplo la palabra “enemigo”. ¿Quién es el enemigo? Es una palabra en la que todo depende de quién la pronuncia. En uno de los bombardeos, los pilotos les lanzaron octavillas. Algunas de ellas les cayeron en la cara, en las que leían la palabra “enemigo” en referencia al gobierno de la República, cuando en realidad para ellos los enemigos eran los franquistas. Eso les generaba un tremendo conflicto interno, al comprobar cómo las mismas palabras cambiaban de significado según el caso. Fueron niños que  descubrieron las palabras envenenadas de los adultos y su mala intención. Pero las pronunciase quien las pronunciase, siempre había una esencial que significaba lo mismo para todos : “horror”.

¿Y hablando de significados, qué me dices de Guernica, qué significaba para esos niños y qué significa para la gente de hoy y sobre todo, para la memoria colectiva de Euskadi?

  Te voy a contar una experiencia personal. Cuando era pequeño y vivíamos en Bilbao, mi padre me llevó a Guernica. Cada vez que veía un árbol, le preguntaba “¿Ese es el árbol de Guernica”? Todos los árboles que veía por la calle, para mi eran el “Árbol de Guernica”. Me contestaba a cada vez que ese no era y cuando llegamos a él, me dijo que era ese y me explico un poco. No entendía muy bien y lo que hice en la novela fue explicarlo al nivel de un niño. Ahora mismo, Guernica es un símbolo de la guerra o de la paz, pero sobre todo una premonición de lo que ocurriría. Con Guernica, el verdadero enemigo era la población y se iba a por ella, sembrándole el miedo. Esa memoria la tenemos todos los vascos, gracias a Picasso y todos los periodistas extranjeros que denunciaron aquello y lo trasmitieron al mundo entero. Creo que los periodistas jugaron un papel fundamental, porque sino aquello habría pasado desapercibido, como muchos otros crímenes de guerra. El ´”Árbol de Guernica” tiene una historia ancestral. La gente se reunía alrededor de él para deliberar los asuntos del pueblo, era como una democracia primitiva y es por eso que Guernica produjo tanto temor a los fascistas, porque  significaba democracia.  Por lo tanto, la única arma que tenían  era sembrar el terror y el miedo.

“Los niños de la guerra descubrieron las palabras envenenadas de los adultos, pero las pronunciase quien las pronunciase, siempre significaban lo mismo para todos :”Horror”

¿Ahora que lo mencionas, el miedo también persistió en tu padre, a pesar de que, cómo me has dicho, fue un hombre que supo mantener la ilusión y la esperanza? Te lo comento porque es precisamente el miedo vivido por la gente de su generación el que determinó las condiciones de la Transición Democrática.

 Creo que el miedo es lo último que pierden los seres humanos cuando son viejos, es el sentimiento que persiste por encima de otros, como el amor o la amistad. Recuerdo que cuando se produjo el 23-F mi padre lo experimentó, fue la primera vez que lo vi en él, cuando nunca me había dado la impresión de que fuese un hombre cobarde. El miedo siempre estuvo presente en Euskadi y en la generación de mi padre. Nosotros, más jóvenes, lo vivimos de otra manera, pero yo vi el temor de mi padre ante la posibilidad de que todo aquello que ocurrió en su infancia volviese a producirse. Temía por nosotros, por sus hijos. Ya sabes que los ancianos suelen recordar las primeras etapas dsus vidas. Mi padre, con noventa años, quizás no tenía memoria de lo que le había sucedido el año anterior, pero si la tenía  a la perfección sobre su infancia. Recordaba la guerra y ahí estaba el origen de muchos de sus miedos al  final de su vida.

Tú y yo sabemos que la gente de nuestra generación aprendió sobre la guerra civil mucho más que través  del testimonio transmitido inter-generacionalmente por nuestros mayores, que de los libros de historia. Sin embargo, los jóvenes de hoy solo conocen el acontecimiento del 36 como un hecho puramente cronológico, para ellos solo es una fecha…

 Me parece una pena. A mis sobrinos les hablan de la guerra civil en el colegio, saben quién era Franco y poco más. Se traslada un hecho histórico en la que no hay sentimiento.

¿Cómo ves el papel de la literatura en tanto que instrumento de transmisión de la memoria histórica?

 Lo que veo es que están triunfando las pequeñas historias, las de gentes que no fueron protagonistas de la guerra, gentes anónima. Las víctimas. La literatura tiene la facultad de dibujar emociones. Yo lo que intento es dibujar esas emociones de gentes desconocidas, que son los verdaderos protagonistas de las guerras y que no aparecen en los libros. Por eso creo en el papel de la literatura como vía para  transmitir la historia. La que transmiten los manuales es historia política. El relato perfecto y único no existe, existen una suma de relatos.  Me interesa lo que le ha ocurrido a gente intrascendente, que es como de verdad podemos entender una guerra. De hecho, uno de mis proyectos es  convertir “La lengua de los secretos” en una historia gráfica destinada a las aulas, a los más jóvenes. Hay que adaptar la literatura al lenguaje de los niños y sobre todo de unos niños que recepcionan muchas cosas en su mente y que no pueden concentrarse con una novela larga y complicada. Mi tía les explicó en una ocasión a unos niños algunos capítulos de mi novela y lo entendieron perfectamente. Incluso algunos de ellos me vinieron a preguntar cosas de la novela, en base a lo que les había explicado mi tía.

“Mi padre todavía recordaba la guerra a sus noventa años y creo que eso fue el origen de muchos de sus miedos al final de su vida” 

 

Entiendo entonces que concibes la literatura como un material didáctico alternativo al abstraccionismo de las ciencias sociales…

 Sí, yo creo que en los libros de historia faltan personas. La guerra civil es lo último del temario y lo último en preferencias del sistema educativo. Nos explican no sé qué sobre los Reyes Católicos  y la manipulación de sus figuras, pero no explican lo esencial. Creo que hay que devolver protagonismo a los que fueron las verdades protagonistas de aquella guerra, o sea, las víctimas. De esas personas que sufrieron la guerra, sí que tenemos algo que aprender, de lo otro no. Bueno, sí, a través de los libros de historia se aprenden cosas, pero el verdadero humanismo se adquiere a través de lo que dicen y piensan las personas, las de esas “pequeñas historias” que te comentaba.

Puesto que hablas de que la historiografía transmite en realidad una historia política que no coincide precisamente con esas pequeñas historias que tú reivindicas, ¿qué te parecen las tesis “revisionistas” que han ido surgiendo durante los últimos años, que relantivizan la maldad del franquismo y en cambio cargan toda las culpas sobre la Segunda República?

 Pues me quedo con ojos como platos, por lo atrevido que es el desconocimiento y bueno, además, yo creo que es un desconocimiento voluntario porque no hay mayor  ciego que el no que no quiere ver. Hace poco, no recuerdo quién y ni quiero recordarlo, alguien estaba hablando del golpe de Estado en referencia a los hechos de octubre del 34 en Asturias. Yo creo que, frente a esas manipulaciones, lo que  hay que hacer es proponer historias bonitas y contadas con el corazón, para recordar bien las cosas. Las personas tendemos a querer a contar las cosas con tendenciosidad, queriendo que los demás piensen como nosotros. Manipulamos los hechos para convertirlos en otros hechos y así poderlos tergiversarlos. Frente a eso, lo que no tiene vuelta de hoja son los testimonios de los niños de la guerra, de los que todavía están vivos. Es de ellos que debemos aprender y de esos mismos testimonios que debemos adquirir  humanismo.

“Creo que hay que devolver su lugar a los verdaderos protagonistas de la guerra civil, que son los seres anónimos, las víctimas…”

¿La literatura puede ayudarnos a recuperar el sentido ético de la existencia?

 Sí, claro. La buena literatura, trate del tema que trate, nos habla de la humanidad, de la bondad, del amor, de los sentimientos y valores universales. A mi me ha formado y me sigue formando. Ahora lo hace desde el otro lado, desde mi faceta como escritor. La escritura me ha ayudado a escarbar dentro de mí,  a compartir mis sentimientos con otros.

¿Cómo escritor, te planteas buscar otra de esas “pequeñas historias” y escribir otra novela sobre la guerra civil?

 En torno a la guerra civil no lo sé, no lo tengo claro. Metí tres años en escribir “ La lengua de los secretos”, lo mismo que duró la guerra y lo experimenté también como una guerra, porque sentí cada bomba que le caía a mi padre. Fue muy muy duro. No descartó volver sobre ello y de hecho, para mí sería lo fácil, de todas las historias que me han llegado sobre aquella época, podría sacar veinte novelas. El caso es que no me veo capaz ahora mismo de volverme a sentar frente a esa guerra. Es muy duro asomarte al pasado.

“Yo tenía necesidad de contar la historia de mi padre y en realidad conté la de más personas, las de la gente de su generación” 

 

¿ Te esperabas a la buena acogida que ha tenido tu  primera novela, publicada por un sello con cierto caché y que ha tenido magnificas críticas en muchos medios importantes? Te lo digo porque siempre se está comentado que la guerra civil es un tema saturado, de cada vez menos ganche comercial…

 Sabes lo que pasa, es que yo escribí por necesidad, aunque no te ocultaré que deseaba que ocurriera eso que comentas, la buena acogida entre el público. Pero más allá de eso, yo ya tenía mi recompensa. Había recuperado la memoria de mi padre y la había publicado. Aunque no lo que no esperaba era la ola de cariño y de empatía que recibí por parte de los lectores. Sabía que mi historia tenía potencial, pero necesita hacerlo bien, porque hasta la fecha yo nunca había escrito literatura. Escribí la novela en dos años y después, tuve que volver a empezar. Volví a reescribirla durante otro año más. Mi padre estaba muy enfermo y se me podía ir en cualquier momento. Era como una carrera contra su muerte. Pasé tres años sin vacaciones, dedicándome a escribir, porque pensaba que la historia de mi padre merecía ser conocida. Para mi ha sido un orgullo y que conste que no suelo hablar de mi, que soy muy crítico conmigo mismo y una persona modesta, pero me ha alegrado que esa historia llegase a mucha gente. Yo tenía necesidad de contar la historia de mi padre y en realidad conté la de más personas, las de su generación.

La gente ha sido muy participativa, ¿no? Sobre todo en las escuelas en las que has sido invitado para hablar de tu libro…

 Una de las experiencias que hemos tenido ha consistido a pedirles a los niños que preguntasen en sus casas por la guerra civil. Todos ellos descubrieron que en sus casas también hubo un protagonista y una historia desconocida sobre esa época. Les pedimos que hiciesen una redacción sobre la experiencia en sus familias. Hemos descubierto decenas de historias increíbles y bonitas. Los niños no escriben, ni cuentan las cosas tendenciosamente. Hablan de sus bisabuelos y de lo que han descubierto de ellos. Es un patrimonio precioso  Ahora tenemos un acuerdo con el Archivo Histórico de Euskadi para crear una base de datos en la que figuren esas historias. Son historias de niños de los dos bandos. También tenemos a niños que no tienen esas historias, pero que han ido a una residencia de ancianos para que los mayores les contasen cosas sobre la guerra civil. Es una cosa muy bonita.

Desde luego que sí, Martín, a mi solo me queda felicitarte por tu novela y sobre todo, por tu contribución a la memoria histórica a través de esas “pequeñas historias”, como la de tu padre, Martín Abrisketa.  

Abrisketa (1)

El niño Martín, en su ancianidad, junto a su hijo, Martín Abrisketa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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